domingo, 5 de julio de 2015

PARTIR UNA SANDÍA

Le han detenido en el aeropuerto de Heathrow. Pesaba sobre él una orden de busca y captura.  Le imputan delitos de lesa humanidad por su participación en el genocidio ruandés.

Él, general del Ejército y director del Servicio Nacional de Inteligencia, era un ordenante. Un tipo que dispuso asesinatos en masa desde su despacho oficial, investido por la aséptica autoridad de su divisa militar. 

Circulan fotografías suyas ejecutando blandamente un saludo marcial, mirando al frente con sus ojos planos y arenosos, apretando con fingido rigor su mandíbula abultada de hombre importante. 

El hombre importante ha caído solo. 

El hombre importante declarará ante un juez instructor.

El hombre importante se sentará, con toda probabilidad, en el banquillo de los acusados. 

El juicio será retransmitido por televisión. 

Un abogado joven, blanco, de nariz fina y ahuesada, apoyará sus manos en el atril mientras formula su pliego de preguntas. Hablamos de genocidio. Es un caso importante. Por eso, en su rostro se dibujará un gesto amargo y alargado mientras alza la mirada por encima de las gafas.

El acusado, vestido con un traje azul oscuro, encorvará los hombros como un animal de presa. Su imagen de hombre de Estado se esparcirá por la sala como un charco de cemento cuajado y elegante. Tanto él como su abogado negarán los cargos, alegarán un conocimiento tangencial de las matanzas y calificarán las órdenes dadas como un acto de defensa nacional. 

El abogado de la acusación apretará los puños cuando escuche la sentencia. 

En Ngozi, una mujer encogida y y con la sien amoratada observará, sentada en la mesa de un bar, la figura solitaria del general. 

La imagen del televisor temblará debido a la señal.

Ella maldecirá mientras un camarero de cuerpo frío y astillado la observa desde la barra. 

El camarero y ella se recordarán de antaño.

El camarero sostendrá un machete con sombras carnosas y  rojas. 

El camarero no será  un hombre de Estado. 

El camarero desplegará toda su fuerza para partir, sin miramientos, una sandía redonda y de piel negra. 

Luego sonreirá, escupirá contra el suelo y dirá, sin apartar su mirada de la mujer, que no comprende los motivos de la condena. 

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