martes, 11 de noviembre de 2014

PAPILLA


Desnudo, bajo la sábana, sus huesos le duelen como si estuviesen muertos. Hace días que no los mueve. Con la cabeza en el suelo, tan solo percibe un olor yerto y hurgado por el polvo. La otra sábana se extiende a los lejos sobre un raso de lascas. Casi sin volumen y abandonada por las moscas, el sol desciende sobre ella y mastica sus bordes manchados. Refulge al pie una montonera de nervios.

El gemido resbala por su oído como su fuese una bala. Le pide que despierte. Solo sus pies, se dice, pero tampoco se mueven. El dolor de las heridas es largo y rojizo. Cierra los ojos y recuerda, quizá para protegerse, aquellas manchas que ulceraban el empeine del prisionero.


Le sacaron de la cabaña esposado de pies y manos. Caminaba torpemente, con el tronco inclinado hacia la izquierda. Tenía la barbilla deshecha, los pómulos ensangrentados y un párpado cubierto por una cortina negra. Los soldados de la columna –él incluido formaron un círculo junto a la puerta. Algunos rieron cuando el prisionero se derrumbó ante el poyete.  Otros escupieron sobre su frente y le lanzaron piedras. Flotaba sobre el poblado un techo de heces y sudor estancado. Resistió la tentación de cubrirse la nariz y ordenó silencio entre los soldados.

El capitán, tras deambular alrededor del prisionero, alzó con dureza el machete y sonrió; el círculo respondió con un grito obsceno, casi intestinal. Agarró el cabello del prisionero y tiró de la cabeza. Luego, le puso el machete en el cuello y lo deslizó con sorna. Algunos soldados dispararon al aire y el capitán lo celebró mientras se desabrochaba la camisa. Al quitársela y lanzarla contra el suelo, dejó al descubierto una gruesa cicatriz que dividía su estómago en dos. Enfundó el machete, abrió los brazos y le ordenó al prisionero que se pusiera de pie. Este pareció no escucharle: tenía las manos atadas por la espalda y su cuerpo cimbreaba laxamente de izquierda a derecha. El capitán lo levantó como si fuese un fardo. El prisionero, con el cuello y los hombros empapados de sangre, dejó caer su cabeza hacia delante y se derrumbó, esta vez junto al filo resbaladizo y rojo del poyete.

Dos soldados se acercaron hasta él y lo pusieron de rodillas. Antes de que el prisionero cayera de nuevo, uno de ellos empujó su cabeza hacia la izquierda. El capitán irguió los hombros, corrió hacia el prisionero y golpeó su cabeza con la puntera embarrada de la bota. El sonido del impacto se derramó por el suelo, como una mancha agitada y con voz. Él agarró con firmeza la culata del fusil y dio un paso hacia atrás. Brillaba un charco espeso alrededor del prisionero cuando el capitán puso su bota en el poyete y alzó la voz. ¡Teniente!

El capitán le miró fijamente, sonriendo, abultando sus hombros bajo una cortina de luz y alentando a los soldados con un silbido. Teniente, serás tú quien haga los honores. Él caminó hasta el interior del círculo. Lo hizo con lentitud, aplomando sus pasos alrededor del charco, mirando al prisionero fugaz y bajamente. Se detuvo ante el capitán y este desenvainó el machete. Ya sabes lo que tienes que hacer. ¿Directamente al cuello? No, dijo el capitán mientras examinaba el machete a contraluz. Quiero que se lo claves en la cabeza. Tardará en morir, capitán. No me importa, será como partir una sandía.

Colocaron su cabeza en el poyete. Sus ojos quedaron entreabiertos, pero el resto del cuerpo se esparció por el suelo como una masa desordenada y exhausta. Apretó el mango carnoso del machete y resopló. El prisionero, casi sin aliento, miraba en línea recta y balbucía. Sus labios se restregaban contra la madera, sangraban con el roce erecto de las astillas y escupían, casi por inercia, trozos hinchados de piel que caían sobre la tierra como una lluvia blanda.

El capitán señaló la oreja del prisionero y se apartó. Creo que lo mejor es clavárselo en el cuello, dijo él. Haz lo que te digo, teniente, golpea justo aquí. Su boca se volvió pasto. Sintió un azote rancio en mitad del paladar y quiso vomitar. Las mejillas del prisionero latían para él delgadas y cubiertas de agua. Las lágrimas de un muerto, pensó mientras estafaba al capitán con una mirada carnicera. Las lágrimas de un muerto condenado a morir, o de un muerto que suplica herido de muerte para que no le maten, o que suplica para que le maten sin letanía.

Aquel ruido de cañón arañó su cabeza cuando tenía ya el machete alzado. El capitán miró a izquierda y derecha, desenfundó con rapidez su revólver y lo puso eléctricamente en posición de disparo. Algunos soldados agacharon la cabeza, otros se taparon los oídos y todos, con el círculo deshecho, buscaron el origen de un ruido que ahora caminaba a ras de suelo con crujiente virulencia.

El capitán le agarró por el brazo. Mátale ahora mismo, mátale antes de que vengan. Están demasiado cerca, respondió él. Lo mejor es que le dejemos aquí y regresemos al campamento, capitán. Lo haremos, dijo este, pero antes quiero que le mates y que vean todos cómo lo haces. El capitán apuntaba sin mirar hacia el fondo del camino. Los soldados aguardaban con los fusiles prietos a que el ruido recto y en posición de vanguardia cruzase la vereda, exhibiera su rostro y comenzase, con su cuerda de dientes, a maldecir toda la munición.

Los ojos del prisionero se quedaron en blanco. Él pensó que había muerto, pero pronto advirtió un leve sorbido en su garganta. El capitán también lo hizo. Asfaltado por el sudor, escupió contra el suelo, se cambió el fusil de mano y agarró con fuerza la empuñadura del machete. A su espalda, el ruido se había trasformado en una cadena de voces, todas ellas graves y diagonales. También se escucharon los primeros disparos. Algunos impactaron en la pared de la cabaña. Otros resbalaron torcidamente por el suelo y se partieron.

El capitán disparó un par de veces hacia la nada antes de arrebatarle el machete y alzarlo con furia sobre la cabeza del prisionero. Mientras caía, él blandiendo el fusil se abalanzó sobre el capitán y le golpeó con la culata en la boca del estómago. Este cayó junto al prisionero y le miró, con gesto iluso, antes de recibir el primer mordisco de bala en el muslo. El silencio se hizo polvo y él, todavía en pie, caminó sin mirar atrás hacia el costado norte del río.  



Es una mano blanca, de mujer, con dos anillos en el dedo anular y un esparadrapo en la palma. Sostiene un plato gris. Es liso y con una muesca en el borde. Tras dejarlo en el suelo, estira la sábana del niño arropando sus pies. Luego suspira, de rodillas, con la misma mano en vilo; le mira a él. Nada alrededor. Ni siquiera ella. Su sombra aunque le toque es un espejismo cada vez más delgado. Es posible que el plato no exista. Es posible que, aún existiendo, en su interior solo haya polvo y moscas muertas.



Su mujer le desabrochó lentamente la camisa. Al ver su pecho descubierto, palpó con el dedo todas las magulladuras y se alivió al no encontrar ninguna grieta viscosa. Ya te he dicho que no pudieron dispararme, susurró él con los labios cansados. La débil luz de la bombilla ablandó los ojos de ella. Acarició su barba con la mano y luego retrocedió un par de pasos. Con la mitad de su rostro a oscuras, se sacudió tímidamente el cabello y comenzó a llorar. Ahora qué vamos a hacer, dijo ella con voz hueca mientras se dejaba caer junto al marco de la ventana. Él apagó la bombilla y cerró los ojos. Sin luz en el resto del poblado, la lluvia explotaba en silencio sobre los raíles de barro. Llegaremos hasta la frontera, dijo él escondiendo las manos. Sé de alguien que nos dejará pasar al otro lado. Si descubren lo que has hecho, nos matarán a los tres. La voz de ella, aún apretada por el llanto, resultaba plana y severa. Piensas que lo mejor hubiera sido matarle, dijo él arrugando las mejillas. Tú no viste sus ojos, ni tampoco cómo babeaba. Lo que me pidió el capitán era propio de animales. Ella, saliendo de la sombra que blasonaba la ventana, alzó la mano y le apuntó altivamente con el dedo. Dime, ¿a cuántos has matado a lo largo de tu vida? Era un acto salvaje, respondió él. Nada de lo que he hecho hasta ahora es comparable. ¿Acaso es otra cosa que matar?, preguntó ella con los labios sobrios y horizontales. Él echó sus hombros hacia atrás y se apoyó nerviosamente en la pared. Cuando he matado siempre había una razón, incluso cuando le ejecutábamos con un tiro en la cabeza. Abrió sus manos antes de continuar y sintió un temblor en las muñecas. Pero ahora, añadió, lo que me pedía era que matase por matar, y sabe Dios que tendría que haberlo hecho, pero no pude. Ella bajó la mano y agachó la mirada. Aún tenía el rostro pálido, oscuramente encharcado. Trató de serenarla con la yema de los dedos, pero no lo consiguió. Sus párpados blandos seguían hinchándose al trasluz como dos gajos de lodo.

Se dio la vuelta al escuchar un ruido en la habitación. Abrazado a la pared y con los ojos velados, apareció de repente el hijo de ambos. Ella lo cogió en brazos y regresó con paso sofocado a la ventana. Miró al exterior apoyando el rostro del niño en su hombro, luego le balbució algo al oído y guardó silencio. Si el capitán está muerto, dijo él sin convencimiento, nadie más sabe lo que ocurrió. Ella besó los dedos del niño, dio un par de pasos hacia el centro de la cabaña y se detuvo pensativa. Si nadie sabe nada, ¿por qué tenemos que marcharnos? Nos vamos por seguridad. No, refutó ella con rabia y apartándole con la mano. Huimos porque todos saben que eres un desertor, si nos quedamos aquí nos matarán y tú sabes bien que no tenemos ninguna posibilidad de cruzar la frontera. ¡Por supuesto que la tenemos! Ella, mirándole de frente, dejó al niño en el sueño y se apartó. ¿Y luego?, preguntó ahogadamente, ¿cómo sobreviviremos cuando hayamos cruzado la frontera?


Es un vehículo erguido y de lomos blancos. Su pose sobria ruge bajo el sol con el motor encendido. Las ventanillas permanecen subidas y no sabe si la mano que se mueve dentro le está señalando. No le importa: al escuchar el ronquido del niño, sus ojos caen sueltos y sin equilibrio sobre el plato de papilla. El hervor en sus manos es ahora mucho más grueso y oscuro.


El soldado estiró su fusil sobre el estómago de ella. Tras apartarla con altivez, puso el dedo en el gatillo y la miró fijamente.

Camina delante de mí y apóyate en la pared.

Una sola luz humedecía la pared desde el otro lado de la frontera. Medio rostro del soldado parecía estar cubierto por una gasa naranja, y solo uno de sus ojos brillaba ovaladamente sobre la mirilla del fusil.

No tienes ningún motivo para dispararme, dijo él apretando las manos. Los papeles están en regla.

Con su hijo en brazos, ella dio un par de pasos hacia la pared.

¡No te muevas de ahí!, gritó el soldado. Y tú, dime ahora por qué pretendes abandonar el país.

Él miró a su derecha y vio a dos soldados ambos en posición de disparo junto al puesto de control. Tanto ella como su hijo flotaban en medio, como dos sombras crudas y por un instante pensó que serían abatidos. Despegó su espalda de la pared, apretó los puños y caminó tímidamente hacia su derecha. El ruido del primer disparo le detuvo a muy pocos metros de su mujer. Ambos encogieron la cabeza. Luego ella cayó de rodillas y miró, con gesto ciego, a los hombres que le había disparado.

El segundo disparo generó una corona de polvo alrededor del petate. Con las manos en vilo, volvió su cabeza hacia el soldado y le escupió, pero este bajó rápidamente el fusil al escuchar el ruido recto de unas botas militares.

Coronel, dijo el soldado, tengo la situación bajo control.

¿Y qué situación es esa?, preguntó el coronel mirándole fijamente.

Los tres pretenden abandonar el país irregularmente. Además, creo que conozco a este hombre.

El coronel cruzó sus manos detrás de la espalda y agitó sus párpados. Volvió su cabeza hacia la mujer y caminó hasta ella. En silencio, y con su cuerpo enjuto doblado hacia delante, palpó detenidamente el pecho de la mujer. Continuó luego con la espalda, con los hombros y, por último, con la base desnuda del cuello.

Si puedes ponerte en pie, hazlo, ordenó el coronel.

Ella obedeció con esfuerzo, primero apoyando su mano derecha en el suelo y después, juntando esforzadamente las rodillas para no perder el equilibrio. El coronel le quitó al niño de las manos. Alzándolo en el aire, lo examinó durante casi un minuto.

Tu hijo no sangra por ningún lado, dijo antes de devolvérselo. Sin embargo, tú tienes una herida en el hombro. Siéntate en el suelo hasta que te ordene lo contrario.

El coronel caminó hasta él. El sudor de su frente desprendía un brillo limado, muy parecido al de sus ojos. Aquella mirada estrecha y ubicua penetró en él como una tercera bala.

¿De qué conoce a este hombre, soldado?, preguntó el coronel con voz lenta.

Creo, respondió el soldado abrazando la culata, que es el traidor que aparece en las fotografías.

El coronel apoyó su mano en la funda del revólver y resopló.

El teniente traidor, dijo este con media sonrisa. ¿A ese se refiere, soldado?

El soldado irguió el cuello y asintió. Luego, sacó de su bolsillo un par de papeles y se los entregó al coronel.

Dice que están en regla, pero yo creo que son falsos.

El coronel revisó los papeles y se los devolvió al soldado.

El teniente traidor lleva barba, dijo el coronel abriendo la funda del revólver. Es posible que se haya afeitado para burlar los controles, ¿no le parece, soldado?

Así es, coronel. Estoy convencido de que es él.

El coronel desenfundó su revólver y le apuntó fríamente en la cabeza.

Si es el teniente traidor, tenemos la obligación de matarle en el acto, dijo el coronel hundiéndole el cañón en el entrecejo.

Ella quiso llorar, pero él la detuvo haciendo un gesto clandestino con su mano derecha.

Dime, ¿eres o no eres el teniente traidor?, preguntó el coronel abrazando el gatillo.
No lo soy.

¿Y por qué tengo que creerte?

Si no me cree, dijo él con los ojos cerrados y envuelto en sudor, máteme ahora mismo.

El coronel acomodó rectamente el revólver y sonrió. Sus ojos brillaron de forma ovalada y negra. Dio un par de pasos hacia atrás, miró de perfil a la mujer y enfundó su arma.

Devuélvale los papeles y déjelos pasar, soldado.

¡Este hombre es un traidor, coronel!

¿Cuestiona mi orden?

No, coronel, pero no creo que debamos dejarle pasar.


El soldado alzó repentinamente el fusil, apoyó la culata en su hombro y escupió mientras encerraba su ojo derecho detrás de la mirilla. En ese momento, el coronel desenfundó nuevamente el revólver y le disparó con crudeza en la sien.


Blanco. Espeso. Una cresta quemada en el centro. Espuma agria que se desinfla. En los bordes del plato todo es líquido. La mosca ha dejado de patalear y se hunde. Los dedos del niño flotan en el centro. Tenazas nimias y enfermas que atrapan la papilla. Él ni siquiera muerde los restos que se pudren bajo el sol. 


Al detenerse, se desabrochó los tres primeros botones de la camisa y respiró. El calor le arañaba como una sábana hedionda, miscelánea y no podía dar un solo paso sin abrir la boca.

Quiso vomitar. El olor que manaba del cubo se revolvía en su nariz. Incluso el humo parecía flotar sobre la explanada con un gesto infecto. Tras limpiarse la boca con un faldón de la camisa, miró hacia la valla. La mayoría de bastones estaban desportillados, algunos partidos por la mitad y el cáñamo flotaba a media altura con un sesgo delgado y lacio.

Tres mujeres susurraban a su espalda. Al darse la vuelta las vio sentadas, apoyadas en un árbol, dos de ellas ocultando su cabeza entre las manos y la otra, arropada por una manta, mirando con angustia hacia el suelo. Tenía el cabello enralecido y los pómulos salvajemente afilados. En su torso desnudo, la piel se extinguía bajo una procesión astillada y famélica de costillas.

Decidió caminar hacia el sur de la valla y vio que muchos, o todos, gateaban sombríos bajo el sol: aquel hombre desnudo, de dientes grandes y perdidos, gateaba sin rumbo alrededor de la cabaña común; aquella madre exhausta, quebradiza, vestida púdicamente con un traje de gasa, gateaba por el suelo con extrema lentitud, rasgando el polvo con sus manos largas. Todos gateaban y todos terminaban cayendo de costado, acurrucados, la mayoría sin brillo y con un brazo extendido debajo del cuello. Y allí, con sus huesos expuestos en carne viva, guardaban silencio.

Dos hombres alzaron la mano y él se acercó. Uno de ellos, el de mayor edad, le señaló el extremo de una carretilla. Alzó el asa con decisión y la volcó dentro de una zanja repleta de lascas. De una sábana ajironada sobresalieron los pies diminutos de un cadáver. Decidió, entonces, regresar a la cabaña.

A su derecha, la pared tenía una mancha de sangre. Parecía el dibujo cortado de un follaje, con su cresta al viento y las raíces apuntando contra el suelo. A sus pies, aquella mujer desnuda y de pechos rotos babeaba espesamente sin dejar de mirarle. Esquivó su mano y caminó hacia la esquina opuesta. Allí estrechó la mano de su mujer y cerró los ojos.

Dicen que mañana nos traerán una ración de papilla. Tendremos que repartírnosla entre los tres dijo ella con los labios quietos. La herida de su hombro aún rezumaba cabriolas rojas.

Yo no comeré.

La cabaña permanecía casi a oscuras. Solo una luz tibia y diagonal se deslizaba alrededor de la puerta.

Ha intentado robarme.

–¿Cuándo? preguntó él.

Esta tarde. La he visto hurgando en nuestra ropa y he tenido que empujarla.

Tendría hambre.

No digas eso.

–¿Por qué?

Porque así como acabaremos todos.

Ella apartó la cabeza cuando sintió las mejillas boscosas de su marido.

Eso es absurdo dijo él. No iremos de aquí cuando vengan a buscarnos.

–¿Y cuándo será eso?

Pronto. Vendrán a buscarnos muy pronto.


La papilla o su pírrica cenefa de grumos huele a trigo. Huele a charco. A charco y a estómago. A trozos de estómago, a ríos vivos que se cruzan y se manchan dentro del estómago. No es un olor neutro. Tampoco es un olor ajeno: la papilla huele a él. La papilla o lo que queda de ella huele a herida entre sus dedos. La papilla o lo que queda de ella le pertenece a pesar de la mano pequeña y sucia que se cierra sobre el plato como una tenaza.

Él la miraba fijamente. Su cabeza yacía en el suelo, como una piedra blanda, como un trozo de carne hirsuto y empolvado. Tenía los ojos abiertos, los brazos extendidos y sus dos manos quietas sobre una esterilla de huesos. Era un cadáver oscuro, encostillado. Era un cadáver que aún respiraba. Respiraba ovalando la garganta, con una inercia lamentable. Respiraba o respiró hasta que una bala de origen desconocido penetró en la cabaña y le reventó opacamente el cráneo.

La sangre de la mujer tardó muy pocos segundos en rozarle los pies. Su mujer y su hijo despertaron del sueño. Agazapados en el suelo bajo una lona de plástico, ella cubría la cabeza del niño con su brazo derecho mientras este pataleaba en al aire con el pecho encogido. El segundo disparo estalló en la pared. Luego, sobrevino una explosión dura y cargada de esquirlas.

Se palpó el pantalón. Buscaba o suplicaba por el revólver que no tenía. Miró a izquierda y derecha, levantó la lona de plástico y gateó hasta llegar a la ventana. Hurgó en el petate, en la montonera de platos; revolvió, incluso, entre las pertenencias de la mujer muerta. Tres hombres armados con fusiles de asalto apuntaban al aire. Las ráfagas de bala tenían una cadencia baldía, plana, no sabía si disparaban contra algún objetivo o si, por el contrario, todo el poblado había sido ya asesinado.

Alguien armado con un fusil o con un machete había decidido entrar en su cabaña. Y allí, arañando temblorosamente sus talones, aguardaban su mujer y su hijo, ambos agazapados, ambos adelgazados por aquel gesto fetal y ridículo. Sintió un sabor viscoso en las encías. Tenía los puños apretados, la cabeza hundida y medio brazo apoyado en la pared. Moriría, morirían si no avanzaba hasta la puerta. Una vez dentro, el hombre solo vería tres bultos expuestos, hendidos, condenados y dispararía, en el mejor de los casos, a quemarropa, desde la distancia, o desenvainando el cañón, asegurando el tiro, posiblemente en la nuca o en la frente.

Rezó, embebido por la sangre, para fuese aquella la decisión del atacante. Y lo hizo gateando sordamente hacia la puerta y arañando con su hombro las costras de bala en el vientre de la pared.

Vio su espalda al entrar. El atacante, vestido con camiseta de tirantes y pantalones militares, tenía una cicatriz en el brazo. El pañuelo negro que cubría su cabeza dejaba al descubierto un tatuaje en la nuca. Su envergadura resultaba al menos desde el suelo gruesa, resbaladiza e inabordable. Vio también que su machete colgaba del cinturón largo y desenfundado y que la mano derecha sujetaba el fusil verticalmente, con el dedo índice abrazado al gatillo y la culata hendida en la boca del codo. 


No sabía cómo levantarse en silencio. Si el atacante advertía su presencia, le encontraría en el suelo, con las rodillas juntas, con las manos frías sobre el polvo, con la cabeza cosida puerilmente a la pared, dispararía sin pensarlo, una ráfaga de seis o siete tiros, erraría un par de ellos, moriría de inmediato o moriría calmoso, tendría de tiempo de ver blandir el machete ante los cuerpos acolchados y nimios de su mujer y de su hijo.

Su única opción y así lo hizo pasaba por ponerse muy lentamente de pie y acercarse hasta el atacante con gesto mudo, con sus botas ajenas al suelo. Observó su cuello a muy poca distancia y pensó en rompérselo con un movimiento limpio. Tenía, incluso, las manos preparadas para agarrarle la barbilla, pero algo hizo que sus ojos cayesen sobre el mango del machete.

Miró a su mujer por última vez. Pupilas entornadas, perdidas en mitad del suelo, ajenas al atacante, ajenas a él, ajenas al abrazo desnudo e intestinal de su hijo. El eco enrojecido de los gritos, de las órdenes, de las carcajadas, de los insultos, todo desapareció cuando él asió el machete del atacante y le degolló ante la mirada muda y salpicada que le dirigió, ahora sí, su mujer.

No hubo tiempo para palabras, para lágrimas, para caricias encharcadas. Con el atacante en el suelo, muerto, él cogió su fusil, regresó hasta la puerta y se apostó, sentado de rodillas, en posición de disparo. Vendrían a buscarle. Aplomó los nervios apoyando la mejilla en el costado de la culata. Se limpió, incluso, el sudor picudo de las cejas antes de abrazar el gatillo.

Su primer objetivo. El sol comenzaba a menguar sombríamente en mitad del páramo. Las cabañas dejaron atrás su rigor de esquina para convertirse en una masa informe, redonda y embrutecida de azul. Las sombras dejaron de serlo y pensó, con su ojo encerrado en la mirilla, que nunca les vería aproximarse, nunca sus cuerpos armados y que todo su esfuerzo moriría en aquella zanja caldosa y de paredes enfermas.



La mano cae sobre el plato. Observa sus dedos. Observa el trazo blando de la muñeca. Muñeca exhausta, quizá muerta, con su pulsera de moscas y fútil bajo el tapiz grumoso del barro. Ahora que el sol desnuda sobre ambos su estómago crudo, él tiene miedo de que el plato vuelque contra el suelo. Su miedo es difuso, vago, su miedo es receloso, es intenso, tanto como su odio repentino ante el hecho de que los últimos gramos de papilla rueden sobre el polvo sin ni siquiera haberlos probado.



Dieciséis supervivientes. Todos tumbados en el suelo, desnudos, algunos con heridas abiertas. Olor a sangre, heces, olor a whisky. Vio aquella estela orgiástica, vomitiva, apocalíptica, de botellas vacías, casquillos de bala, carne de hombre, y también vio un plato de sopa junto a la cabeza de un anciano: aquel viejo famélico y desgastado respiraba hipnóticamente apoyado en la pared. Caminó hacia él sin ablandar el fusil, mantuvo la mirada quieta en el plato, el anciano, pensó, no opondría resistencia. Se agachó lentamente, agarró el plato por una de sus orillas y lo arrastró hasta sus pies.

El viejo, alabeado como estaba por el sudor, por las heridas, abrió con agonía su boca desdentada y comenzó a jadear. Sacudió la nariz, arrugó los labios e intentó alargar sus dos manos hacia el plato. Ojos rotos, de luz albina, no pudo sino apretar la culata del fusil, su pecho viejo y entrampado se había inundado de costillas. Le acercó el plato y retrocedió, entre arcadas, hasta la puerta de la cabaña.

¿Qué es lo que tiene entre sus manos? Se lo preguntó a su mujer, pero ella permanecía en el suelo, tumbada y cubierta por aquella colcha de plástico. Apoyó el fusil en la pared y caminó hasta su hijo. Al principio, pensó que se trataba de una estaca, una simple estaca como muchas de las que había en cada esquina y no se alarmó por el hecho de que su hijo, recostado como estaba sobre el cadáver de la mujer, estuviese mordisqueando ansiosamente sus extremos. Se percató, sin embargo, de que esa misma estaca, esa maldita estaca, estaba recubierta por un ovillo gelatinoso, rojizo y extremadamente crudo. Una maraña de hilos también crudos y salivosos enredaban los dientes del niño cuando el padre le arrancó la estaca de las manos. ¿Qué demonios es esto?, se preguntó de nuevo, esta vez con aquel palo entre los dedos, mientras el niño trepaba por su pierna y le azotaba blandamente la cintura. Al acariciar uno de los hilos, agachó la mirada y se detuvo en el torso del cadáver, concretamente en el panel mortecino de costillas que este tenía a su derecha. Allí vio, bajo uno de los senos, el dibujo alargado de una cicatriz. Se agachó ante ella,  tocó el pliegue más hondo y comprobó que debajo de aquella cicatriz se escondía un agujero oscuro, con huesos desensamblados en el fondo y sorprendentemente húmedo. Introdujo la estaca dentro del agujero y miró a su hijo. Aquella grasa rojiza descendía por su cuello mientras este se lamía los dedos junto al pecho del cadáver.

Cargó el cañón  al entrar. Un gesto ruidoso y decidido. El anciano le miró con patetismo antes de abalanzarse sobre el plato y cubrirlo con la cabeza. ¡Apártate, viejo! ¡Apártate o te mato! El anciano metió los labios dentro de la sopa y la sorbió. Los espumarajos que surgieron alrededor de su boca hicieron que él le clavase el cañón en la frente. Disparar. Y al hacerlo, al endurecer su dedo en el corazón del gatillo, al hendir la punta del fusil en la carne plegada y cancerosa del viejo, sintió, como venida del infierno, la voz de una mujer exclamando agudamente la palabra <<alto>>.

Cuánto más quieres, piensa. Cuánto más de lo último. El plato asoma ya su mejilla cóncava, pero tú sigues deslizando los dedos, sigues y yo te observo limpiándolo de grasa. Ahora, solo queda el ruido. Ruido de motor. Ruido de dientes. Ruido de yemas rompiéndose sobre la nada del fondo.



–¿No comes?

Ellos lo necesitan más que yo.

Tres columnas de luz atravesaban el suelo. Ella, sentada en medio de las tres, cruzó sus manos bajo el sol y le miró fijamente. Su frente blanca, sonrosada y enfermiza, tenía cuadrículas de pellejo alrededor de las cejas. El pantalón marrón, la camiseta gris de manga larga con su insignia bordada en el hombro maceraban su figura frágil con litros y más litros de fiebre. A su derecha, la madre y el niño comían con ansia.

Te equivocas dijo ella sin apartar la mirada. Estoy convencida de que no comes desde hace días. No les servirás de nada si te quedas sin fuerzas.

-¿Eso es todo lo que habéis traído?

            Ella volvió la cabeza hacia la puerta y asintió.

Es un cargamento de emergencia. Vendrá más comida en los próximos días.

            Asintió él mientras acariciaba distraídamente la coronilla de su hijo.

Entiendo que no confíes en nosotros añadió ella descruzando las manos, haremos todo lo necesario para que no os falte comida. Te lo prometo.

El fusil apoyado rígidamente en la pared parecía estar cubierto por una tela parda. Él llevó su mano hacia la dentadura del cañón y sonrió.

Ya te he dicho que no será necesario.

–¿Sigues pensando que vendrán a buscaros? Las milicias han cortado todos los caminos de acceso y no dejarán pasar a nadie.

Si es así, ¿por qué estás tan segura de que tu gente vendrá con más comida?

Porque mi gente viene hacia aquí en misión humanitaria.

Sabes tan bien como yo que tus amigos están muertos.

Confío en ellos.

Las palabras de ella se rompieron vacuamente en medio del polvo. Con las pupilas dilatadas y algo llorosas, se frotó los párpados y miró hacia el techo. Él seguía sonriendo con gesto de tristeza.

-Si huías de una guerra dijo ella aplomando la voz, no has venido al lugar más adecuado. La situación aquí es mucho más complicada que en tu país. Además, tu mujer está herida.

Solo dime si tenéis suficiente comida para ellos hasta que vengan a buscarnos.

De momento, sí. Pero ya te he dicho que pronto llegará un convoy con más provisiones.

Mientes dijo él apoyando su cabeza en la pared. Lo puedo ver en tus ojos.

–¿Por qué no quieres comer?

Mi ración es para ellos.

Cogió un mendrugo de pan y lo puso dentro del plato de su hijo. Con gesto dubitativo le limpió la barbilla y suspiró. En ese momento, rugió en el exterior el ruido petroleado de un motor.


El fondo plano, desdibujado y sucio del plato acentúa el dolor. Todo es cemento. Sus huesos son cemento. Su mandíbula es cemento. Su mano larga y angulosa es cemento. Cemento ovalado. Cemento sin apenas perfil. Cemento con calvas de cemento. Cemento en el que la mismísima nada es cemento. Y en esa nada doblada, convertida en pliegue, en esa nada donde sus brazos crujen bajo el sol como dos astillas muertas, hay un sonido salivoso e imberbe ulcerándole el corazón.


Jugaban sentados en el suelo, bajo un cielo zafio y sin arrugas. Ella tenía en la mano un muñeco de trapo y lo movía en círculos, de izquierda a derecha, posándolo en su nariz y escondiéndoselo a continuación detrás de la espalda. El niño sonreía, callaba, buscaba con la mano y volvía a sonreír. Cuando lograba hacerse con el muñeco, ambos estallaban en una carcajada corta e hiposa.

Apoyado en la pared de la cabaña, él contemplaba el juego mordisqueando un trozo de pan. Los dos hombres blancos que permanecían junto al jeep miraban también de soslayo. Eran de piel clara, de cabello rojizo, uno de ellos vestía camiseta blanca con las mangas recogidas. Acariciaba su barba mientras hendía sobre el motor una llave inglesa cubierta de grasa. El otro deslizaba con gesto distraído hojas y más hojas en una tablilla de plástico.

Sin  dejar de sonreír, miró hacia el interior de la cabaña y se detuvo en el cuerpo relajado de su mujer. Aún dormía. Quiso acercarse hacia ella y tocar su frente, acariciarla, limar el sudor de sus sienes, pero en ese momento se escuchó el primer disparo.

Algo estalló en la carrocería del yip. Todos clavaron la mirada en sus lomos. El hombre que sujetaba la tablilla apoyó su mano en uno de los faros traseros poco antes de que un segundo disparo le atravesase la cabeza.

Ella, aún en el suelo, se llevó sus manos a la boca e hizo un intento por gatear. Había sangre alrededor de las ruedas y eso la detuvo. El tercer disparo impactó contra una piedra y el cuarto reventó uno de los cristales del vehículo. El segundo hombre cerró el capó de un manotazo y se metió debajo del yip. ¡Corre!, gritó desde el suelo, pero ella, sin dejar de mirar a su compañero muerto, permanecía inmóvil junto al charco de sangre, con los dedos hundidos en el polvo y la boca frágilmente descolgada. Un quinto disparo hizo que se levantase de forma eléctrica. Corrió.

Su mujer trató de levantarse, pero él se lo impidió. ¿Nos están atacando? No quiero que os mováis, respondió él mientras metía a su hijo debajo de la colcha. Ni os mováis ni os destapéis, pase lo que pase.

Cogió el fusil y se arrodilló junto a la puerta, pegando su cabeza en la pared y apuntando hacia el exterior en línea recta. Escuchó disparos y algún grito aislado, pero nadie se acercó a su cabaña. Podían estar rodeándole. Su campo de visión era muy reducido tan solo veía al hombre blanco debajo del yip, quieto y con las manos en la nuca, no resistiría un ataque en manada. Volvió la cabeza hacia su mujer y su hijo, comprobó que ambos seguían arropados y salió silenciosamente al exterior.

Caminó pegado a la pared. Nadie a su derecha y nadie detrás de él. Al llegar a la esquina, observó un grupo de cuatro hombres junto a la puerta de otra cabaña, todos ellos armados, vestidos con camiseta de tirante y algunos con botellas en la mano.

Entraron dos. Aquellos que se quedaron en la puerta hicieron descansar sus fusiles mientras bebían tragos largos de la botella. Quiso dispararles, pero el ruido de la detonación hubiese alertado a los hombres del interior. Decidió entonces atraer su atención golpeando la culata del fusil en la pared. Con el dedo índice en el gatillo, escuchó al instante ruido de pasos, de susurros; vio, incluso, la espuela de una sombra atravesando con gesto perpendicular la esquina de la cabaña. Esperó  a que dos cabezas emergieran de la nada y las golpeó, cinco veces a cada una, hasta que sus bocas dejaron de moverse y de respirar. Luego, corrió de puntillas hacia la cabaña ocupada.

Miró a través de la ventana. Ella estaba tendida en el suelo, con los pantalones bajados, sus brazos extendidos, casi quietos y la cabeza doblada hacia la izquierda; tenía sangre en una de sus mejillas y en el cuello. Uno de los hombres también con los pantalones bajados movía sus caderas sobre ella. Se apartó con un bufido y otro ocupó su lugar. Ruido informe de cristal, de gemidos fangosos, todos bebían y alguno comenzaba a tambalearse entre insultos y escupitajos al aire; creyó tenerles a tiro.

No había, pensó, ningún hombre disperso. Cerró los ojos, abrazó el gatillo con firmeza y contó hasta tres. Primero disparo: primer hombre abatido. Segundo disparo: el vacío. El tercero, cuarto y quinto les hicieron caer flojamente, todos con el fusil en cabestrillo; uno, incluso, quedó tendido sobre el cuerpo de ella, con la boca torcida y un charco de sangre alrededor de la cabeza.

¿Puedes escucharme?, susurró en voz baja. Ella no respondió. Preguntó dos veces más. Observó entonces los dedos de su mano derecha. Temblaban uno de ellos tenía trozos de víscera en el costado, pero los movía ella. Dejó el fusil en el suelo y apartó con violencia el cuerpo que yacía sobre la mujer.



Un último puñado de papilla. Iluminado por el sol, salido de la nada. Dolor. Se abre en su estómago un agujero. Agujero placentero, torturador, moribundo. Mover la mano, estirar el brazo, arrastrar cien kilos de plomo, de polvo, de aire, de pequeños y curtidos guijarros. El plato está cerca. Puede ver el saliente. Cordillera blanca, con pecas de barrizal en el borde. El dedo índice primero. Largo, incierto, sucio. Siente ya el halo blando de la papilla y también una sombra diminuta adelantándose con furia.



Les habría matado. Tocaron a su mujer. Tocaron a su hijo. Se llevaron luego toda la comida del yip. Les habría matado, pero huyeron poco después de escuchar los disparos. Había un camión aparcado a poco más de cien metros. Vieron su estampa, pensaron que había más tiradores, cogieron las provisiones entre ambos y huyeron, pistola en mano, apuntando hacia la nada y con paso torpe.

Entienden lo que dices dijo la mujer desde el suelo, casi sin voz, mientras se abrazaba fríamente las rodillas.

–¿Y crees que me importa? Lo único que quiero es irme de aquí. No sé cuánto tiempo tardaré en arreglar el motor, pero lo haré.

El hombre blanco hablando para sí. Escuchó su voz mugrosa, plastificada y sintió ganas de morderle, de arrancarle la piel, de masticar sus huesos con los ojos abiertos y permitir que la sangre abrillantase sus encías, como si fuese un animal, como si fuese un caníbal borracho y ciego. Pero estaba cansado. Demasiado cansado. Cansado como lo estaba su mujer. Cansado como la mirada hueca de su hijo. Amortajados bajo aquella luz grisácea y nervuda, ambos le miraban. Y él también les miraba, tenía la cabeza torcida, la boca empastada de llagas, el fusil cruzado entre las manos. Todos tenían sed. Todos tenían hambre. La mujer blanca también. El hombre blanco que ahora apagaba sus labios y salía de la cabaña arrastrando los pies, también. Él no era distinto, ni carecía de bula para dejarse llevar, para mantenerse en silencio, o quieto, o simplemente para sucumbir al lado curvo de su pensamiento.

Necesita comer dijo la mujer blanca. Tu mujer está herida y necesita comer. Si no lo hace morirá.

Palabras indolentes, hastiadas, borrachas de saliva; su respiración se aceleró. En su cuerpo cansado y plano, el aire corría como una manada de agujas. Asintió. Asintió con miedo. Asintió empuñando trabajosamente el fusil mientras se ponía de pie como un muro de cristales quemados.

Casi sin luz, el resto de cabañas emergían del suelo como bultos de cal. Penetró en ellas con torpeza, palpando las paredes con la punta del cañón y distinguiendo con sus botas gastadas entre carne de cadáver y aparejos de metal. Cabaña por cabaña. Hurgando entre heces, entre cuellos y costados de botella, retorciendo extremidades que comenzaban a pudrirse en medio de la nada.

Sostuvo aquel muslo seco entre sus manos. El resto del cuerpo se perdía en un amasijo del que no veía más que una caballera volcada. Lo alzó con esfuerzo, rozó con su mejilla la planta raída de un pie y lo lanzó contra el suelo al sentir un espasmo en el cuello. Atrapó la culata del fusil, caminó hasta la puerta y se dejó caer en el quicio ahogado por arcadas.

Cuando regresó a su cabaña, la mujer blanca estaba de rodillas junto al cuerpo de su esposa. La mano en su frente. Al verle llegar, le tapó la cabeza con la colcha, se apartó gateando hacia la pared y rompió a llorar.


Recuerda ahora cómo sacaron el cuerpo. Recuerda ahora cómo descubrió el cadáver de su esposa antes de cubrirlo de nuevo con una sábana blanca. Recuerda ahora el tacto de su hijo abrazándole la pierna. Recuerda cómo se desnudó por inercia y cómo cayó rendido en el suelo, con la luz abrazada y excelsa del alba. Y también recuerda la imagen del hombre blanco saliendo del yip con dos cartones blancos y un plato de metal.

Pero ya no hay yip.

Tras señalarles, tras llorar y suspirar sobre sus cabezas, él y su hijo yacen en el suelo, yacen inexistentes, quebrados, hambrientos. Yacen junto al plato que ella les puso, el plato que mora, el plato que brilla y sentencia bajo el sol de la nada. Y sobre ese plato manchado, usado y delatado flota una mano. Una mano que se acerca hacia una boca diminuta, pueril, embrionaria con el último gramo de papilla. Y él, en su condición de teniente, en su condición de desertor, en su condición de refugiado, en su condición de esposo, en su condición de viudo, en su condición de padre y en su condición de hombre hambriento coge la muñeca de su hijo, atrapa sus dedos con la boca y muerde la papilla hasta sentir, casi con placer, un trozo de hueso en medio de la lengua. 


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