domingo, 31 de agosto de 2014

ELITZABELLA

–Elitzabella, ¿dónde está tu novio?

Pero Elitzabella nunca respondía: tras haber cumplido treinta años, disfrutaba siendo la mujer más deseada de  la ciudad. Sus ojos eran azules y profundamente largos. Ocultos bajo unas gafas de montura negra, observaban a su alrededor con delicioso descaro. Ella los movía lentamente mientras apoyaba su espalda en la barra del bar y jugaba quedamente con uno de sus rizos rubios. Y también era dueña de una imponente sonrisa: ancha, tenue por momentos, pero dulcemente acelerada cuando se atusaba la falda y recogía cualquiera de las comandas que le entregaba el cocinero. 

Eliztabella era camarera del Moddy´s Bar y no había ningún hombre en la ciudad que no se hubiese sentado en uno de sus sillones rojos solo con la intención de observarla, de deleitarse con sus gestos altivos, de idealizar su pose carnal, envolvente, prieta; los comensales se extendían en sus pedidos para ver cómo alzaba la barbilla al hablar o para saborear cómo escondía perdidamente su labio inferior detrás de los dientes. 

Moddy´s Bar servía comida de muy diferentes regiones, pero Elitzabella –al igual que el resto de camareras– vestía un uniforme típicamente americano: chaqueta ajustada de color blanco y falda muy por encima de las rodillas. También portaba un sombrero estrecho, ligeramente ladeado y con escasa capacidad para contener su montonera de rizos. 

–Eliztabella, ¿a qué se debe la franja roja que tiene tu informe?

Elitzabella dejó el plato sobre la mesa y sonrió mientras acariciaba el lateral de su falda. 

–Son los colores del restaurante, señor Martins. ¿Acaso no le gustan?

El señor Martins –también conocido como Eugine Rubish Martins– tenía cincuenta y cinco años y siempre vestía de negro. Era el mejor diseñador del país y desde hacía dos meses frecuentaba el Moddy`s Bar con la única intención de contemplar la figura de Eliztabella. Aquel día, las betas plateadas de su barba refulgieron con más intensidad de lo habitual. Se acarició sonoramente el mentón antes de responder. 

–Sabes tan bien como yo, Elitzabella, que ese uniforme dice muy poco de ti. Mereces un traje que resalte tu poderosa belleza. 

–Poderosa belleza, ¿no cree que exagera?

El señor Martins apartó el plato de comida y clavó su mirada en el fondo de la barra. Dile a tu jefe que venga, le espetó a Elitizabella. 

El jefe de Elitzabella, el señor Rodger Wills, deslizó sus manos rollizas alrededor del mandil y se atusó suciamente los cabellos enralecidos que pendían de su coronilla. Luego, miró a su derecha y le ordenó a una de las camareras que trajese la botella de vino que guardaba en su despacho. 

–No quiero beber vino, señor Wills. 

–Por favor, deje que le obsequie con lo más preciado que tengo en este restaurante. 

–Lo más preciado no es una botella de vino cubierta de polvo. Lo más preciado se encuentra aquí delante y no creo que usted lo esté cuidando como es debido. 

–Pero, ¿cómo puede usted decir eso?– dijo el señor Wills alzando trágicamente las manos– Eliztabella es para mí como una hija. 

–Una hija a la que viste como una pordiosera. 
–Por favor, señor Martins, Eliztabella es el corazón de este restaurante. No se imagina lo mucho que significaría su ayuda para mí. 

–Tenga presente que no lo hago por usted. Lo hago por ella. ¿Ha quedado claro? Ahora márchese, por favor, quiero hablar a solas con Elitzabella. 

El señor Wills asintió con gesto complaciente y regresó a la cocina. Martins estiró las solapas de su chaqueta y requirió la mano de Eliztabella. 

–Señor Martins...–dijo ella enarcando los labios. 

–He trabajado con muchas modelos, pero ninguna es comparable contigo. Eres la mujer más bella del mundo.

–Por favor, no haga que me ruborice. 

–Me encantaría que te casases conmigo. 

Eliztabella alzó la mirada quedamente y se reclinó sobre la mesa. 

–Pero usted sabe que eso es imposible. Yo ya tengo novio. 

–Ya sé que tienes novio –dijo Martins negando con la cabeza–, pero nadie le conoce. De hecho, nunca te han visto con él. Dime, Elitzabella, ¿por qué le escondes?, ¿qué secreto te guardas con él?

Elitzabella torció los labios con suavidad y apartó la mano muy lentamente. 

–Algún día, cuando sea famosa, le conocerán todos. 

El nuevo uniforme de Eliztabella era blanco, deliberadamente blanco, rabiosamente blanco, como una segunda piel que existía sin existir, o como una ventana implícita hacia sus tramos más rotundos y turbadores. Parecía caminar desnuda, quizá porque se sentía desnuda, quizá porque sentía que todos la miraban como su estuviese desnuda. Pero no lo estaba. Aquel uniforme entallado, de solapas alzadas y pulcramente escotado parecía ser una obra maestra. 

Y lo era porque así lo definió aquel crítico de moda. Elitzabella recordó su nombre impronunciable, sus maneras escuetas, su gesto rojizo, sus movimientos lacios y pendulares arañando el bistec. También recordó que estuvo sentado en aquella mesa solitaria, al pie de la barra, con su cuaderno amarillo abierto en diagonal. Sintió su mirada, su parpadeo espurio, el sufrido cabeceo de sus hombros, de sus dedos largos. Aquella boca plana, aginebrada y con pellejos en las comisuras le preguntó su nombre y sonrió. 

–Entonces, es cierto– dijo él mientras mordía salivosamente el bolígrafo. 

Elitzabella asintió. Asintió sin saber a qué asentía. Asintió porque la sucinta brusquedad de aquella frase hizo que asintiese. Y odiándose a sí misma por haber asentido, grabó en su memoria la cruda repulsión que le había causado aquel tipo desde el mismo instante en que cruzó la puerta del restaurante. 

Lo que nunca pudo imaginar es que sabría de su nombre a través de un artículo titulado "Elitzabella, una musa entre comandas y luces de neón" y que sus palabras sobre ella, sobre la turgencia de sus curvas, sobre la suavidad de sus líneas o sobre la paladeante palidez de su cuello, darían –literalmente– la vuelta al mundo. 

De repente, todos quisieron fotografiarla. Todos quisieron tocarla. Todos, absolutamente todos, quisieron preguntarla. Por qué. Cuándo. Cuánto. Dónde. Y también, quién. Por quién suspira Eliztabella. Cómo es el hombre al que anhela Eliztabella, al que ama Eliztabella, por quién llora –si es que lo hace– la bellísima Elitzabella.   

Y Elitzabella, orgullosa de sí misma, orgullosa de su cuerpo y orgullosa de su nombre, estiraba el más lascivo de sus rizos y decía: no os impacientéis, ya os lo presentaré a su debido tiempo; mi novio, mi guapo y varonil novio, es un hombre terriblemente ocupado. 

Ocupado en qué, en qué otra cosa que no fuese Elitzabella, en qué otra mundanidad que no fuesen sus más íntimas necesidades. 

Y mientras bramían las especulaciones, Elitzabella se convirtió en objeto de deseo de todos los diseñadores del país. Diseñadores jóvenes, diseñadores prestigiosos, diseñadores retirados; Elitzabella comenzó a recibir muchos uniformes, algunos blancos como el que ya vestía, otros de color negro, o azabaches y rojos. Los había, incluso, con franjas de grana y de verde irlandés. 

Elitzabella se los probó todos, disfrutó de todos y aceptó educadamente que le siguiesen enviando nuevos uniformes, pero solo con una condición: ninguno de ellos debía de tener la más mínima alusión al color naranja. Lo detesto, decía, lo detesto porque solo me trae malos recuerdos. 

Pronto, el Moddy`s Bar resultó ser un espacio demasiado pequeño para Elitzabella. Demasiado intrascendente, demasiado grasiento, demasiado ruidoso –burdo, rumiante, chillón y ruidoso– y así se lo hizo saber al señor Wills. Este se limpió las manos en el mandil, arrugó el entrecejo y alzó sudorosamente un vaso de vino. Ella respondió con un beso y regresó con paso erguido al comedor. Libre. Así se sintió Elitzabella en su último servicio como camarera del Moddy`s Bar. Bella, triunfadora, deseada y libre. 

Y con aquella sensación de infinita libertas, Elitzabella atendió a sus dos últimos clientes. 

–Bienvenidos al Moddy´s Bar, ¿saben ya lo que van a cenar? –preguntó Elitzabella ladeando, como solo ella sabía, su cadera izquierda. 

–Queremos que se siente. 

Aquella respuesta seca, grave y dentada enfrió ligeramente el gesto de Elitzabella. Asintió –como ya lo hizo una vez– y se acomodó frente a ellos en uno de los sillones. 

A su derecha, un tipo erguido, de piel cerosa y afectado por una leve bizquera. A su izquierda, un hombre delgado y de raza negro cuadraba sus hombros estrechos en el respaldo del asiento. En el centro de la mesa, una caja de color azul con sendas etiquetas en los costados. 

Elitzabella, al ver la caja, destensó su mirada y sonrió. 

–Deduzco –dijo ella– que esta caja es para mí. 

–No exactamente –afirmó el tipo de la izquierda–, pero queremos que la abra y examine lo que tiene dentro. 

Elitzabella alargó su mano y retiró cuidadosamente la cubierta de la caja. Introdujo sus dedos y extrajo lo que parecía ser una manga de color naranja. En uno de sus bordes advirtió un redondel oscuro y asimétrico. Elitzabella cerró la caja y la apartó con la mano. 

–Lo siento, señores. Les agradezco su regalo, pero todo el mundo sabe que detesto el color naranja. 

El tipo de la derecha apretó su mandíbula y puso encima de la mesa un rígido maletín de cuero. Sin apartar la mirada de Elitzabella, abrió la cerradura con gesto sobrio y sacó del interior una carpeta plateada. En uno de sus extremos, pudo ver el escudo de la policía. 

–¿Piensa que eso es un uniforme? -dijo el tipo mientras deslizaba la carpeta hacia el centro de la mesa– Lo es, pero no el tipo de uniforme en que está usted pensando. 

Elitzabella enmudeció de repente. 

–Y ese círculo de color rojo –añadió el hombre de la izquierda –no forma parte del uniforme. Lo que usted ha visto es una mancha de sangre. 

Las solapas de la carpeta se abrieron ante los ojos rígidos y embebidos de Elitzabella. Quietos frente a ella, pudo ver dos rostros que lee observaban como si fuesen a penetrar dentro de su estómago. Uno de ellos, el más joven, tenía los ojos azules y una cabellera castaña que abrochaba la mitad de su frente. Sonreía mientras alzaba con su mano derecha una tarjeta blanca con la palabra <<PRESS>>. El otro rostro tenía la tez oscura y su barba densa, larga y duramente cuadriculada cubría con gesto desafiante la mirilla de su fusil AK-47. 

Y allí, recostada en el sillón y engullida por su famosísimo uniforme blanco, la bella, turgente, deslumbrante y deseada Elitzabella hubo de escuchar, en boca de aquellos dos hombres, esa desastrosa y arrolladora pregunta:

–Elitzabella, ¿dónde está tu novio?

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