lunes, 7 de julio de 2014

GRAN CAÑÓN A LA SOMBRA DE JOYCE

De repente, las teclas del ordenador crujieron sin ritmo. Él apartó la mirada del libro, encogió los labios y centró su atención en el reflejo negruzco de la pantalla. 

–¿Cómo vas?–preguntó él.

–Ya casi estoy terminando.

–¿Necesitas que te ayude?

–No.

Ella apartó su mano del teclado y la posó sobre la coronilla curvada del ratón. La madera de la mesa engulló el arañazo. Él, tumbado prietamente en el césped, apoyó su cabeza en el cojín y pensó. 

El Gran Cañón. No vayas tan rápido. Granito. Mandíbulas de granito. Acuchillan el cristal. No se ve nada creo que voy a parar aquí no sigue sigue ¡no vayas tan rápido! El Gran Cañón. Gran Cañón. ¿Sabías que se llamaban así? Mirada lenta, cruda, arruga escueta en la pestaña, no te mira no te importa no lo sabe. ¿Por qué Gran Cañón? No lo sabes. Es por el granito. Rock de granito. Lenguas de granito, apedrean el retrovisor, conduzco, ojos crucificados de blanco sobre el blanco ojos rotos escocidos infectados. Aparca. Amaina el telón. Aparco. El cañón. Paladar desnudo. Cielo de balas. Herida de crin ulcerando la pendiente. 

El teléfono vomitó una señal de campana. Ella lo alzó, restregó su vientre con el dedo y sonrió. Pensar en Bloom. Imaginarle. Piel cetrina, ojos raídos, cintura que se abomba debajo de la gabardina. Sonríe. Otro mensaje, respuesta y otro ya no hay campanas silencio móvil silenciado sabe que la miro. 

Ella dejo el teléfono sobre la mesa. Pantalla que besa la madera, por qué. Por qué si ya no tienes necesidad. Labios, sonido, señales que rugen bocabajo, sucias, no sabes lo que dicen qué se dice  qué le dicen, acomoda el libro sobre esternón lee letras Bloom ilegible lee mientras ella cubre con su mano la espalda del teléfono. Cuchillo negro con escamas, bala blanda con heces. Whity, largo, ajeno, saliva caza desde el césped. Me mira. 

Abrió la boca sin deseo y preguntó. 

-–¿Vas a salir? 

–Sí.

–Imagino que no vendrás a cenar.

–Creo que no. 

Nomeimportaunbledo, pero la miro, con el libro quieto sobre el cuello. Ella: ajena, rendida, otra. Apagó el ordenador y se levantó de la mesa. Sus pechos blandieron copiosamente la tela gastada. 

Es o no es. No es. Es o no es. Por qué. Es o no es. Complicación complicar nocompliquesmáslascosas. Es. En la boca del puente, taladrando un nervio en la costilla. Es. 

Ante todo, no me toques. No dejes que te toque. Está lejos, pero no puede tocarte. Núcleo de arena, bozal en el esófago, se desangra, puños apretados: viento que lame el dedo acusador. Corre corre coooorreeee mientras su vez mordisquea el engrudo, no hay voz si tú no quieres, o sí quieres, corres demasiado lento, paladear el impacto, centímetro centímetro centímetro, pisar empolvadamente el asfalto, un paso más y se lapidarán los tobillos bajo el lirio negro.  

El ruido de un manojo de llaves. Cerró el libro, lo dejó a su izquierda y miró encogidamente hacia la ventana. En la cocina, ella se afanaba con prisa. Registró el interior del bolso, abrió sin ojos la columna de cajones, el vuelo de su falda galopando por la encimara, aquella mano clandestina percutando la cadera izquierda. Se puso de pie. Buscó la sombra de Whity debajo de la mesa. El hocico hendido en una bolsa de plástico. El ruido de llaves gimió opacamente a pocos metros de la puerta. 

Anestesia. Sangre irrumpida, quieta. En la esquina, el camarero hace diana sobre la bandeja. Vasos de cerveza escupiendo en círculo. Saca sus manos del abrigo. Cigarro partido en dos, humedad escueta de lumbre. Corres demasiado deprisa. Me ahogo. Sentada en el bordillo, agrupando los labios, alabeándolos. Sentir, siente, ella siente por ella sin mirar más allá de la cueva, siente siento la saliva estampada contra el lodo. Me abrocho el botón de la chaqueta. Tengo los dedos cuarteados. 

Desde cuándo qué importa, sabes que sí pero yo solo te quiero a ti a mí desde cuándo siempre siempre. Tiroteada mudo, el sillón mastica su espalda a las 23:16 horas. Camino de pie, sordera enlaminada, resbalo. Hemingway se traga la luz mientras ella blasfema, apocadamente, contra las herejías del Fiscal. Abandonando el barco te abandoné en un nicho abandonado, ¡mentira!

Retrocede quince, veinte, veinticinco años, con sus yemas laceradas, inquietas, ocultas bajo la irresistible piel morada. Temblar. Una mano metida en el bolsillo, zurzo la asfixia, pedradas de La Paga y ella, tenue, reconvierte con un cabeceo la costura del discurso. No no preguntes preguntar aun eres tú aún es imposible porque tu olor visceral sentimental confidencial sexual genital confesional había contraído matrimonio conmigo, allí, la nieve: participio embutido de lascivia, mueva extranjera de Washington, clac, tapete, clac, limoncerezanaranjabingo, allí donde caímos de amor, amejicanados, nos esposó la parodia, testigo extraño, nos hizo parecer bellos, italianos, farfullan europeamente congratulations.

Me pregunto por qué tiro de la maleta. Abierta, vacía contra la cama, esquinas de memoria arrugada, memoria aún demasiado tierna, la huelo, nos muerde, blusean los charcos en Williams, vigilia junto al esqueleto caliente. Noventa días y perderá usted toda la grasa abdominal. 

Quizá no sea tan irremediable, mis manos, mi pelo, mi ombligo, mi mi mi, no ver las allá la míx entre ymi igual a mí infinito, pero la piel de la ecuación ha dejado de ser gruesa, capas vicias, sus capas vivas entre medias, no oigo vuestra carcajada, tumbado en la cama, alguien baila un riff mañanero, campestre, sacáis los brazos, me tocáis la ingle, os confundo, imposiblesoisimposible, como si el mundo me pidiese perdón, arañazos blancos, Guess who’s knocking y no es suficiente. 

Día 1: sin heridas en el vientre, láminas calvas sobre la clavícula, huyo por la puerta, musculado, con brillantina en el iris, retorcerse la vida, los segundo bostezan y caen. Entonces sexo, sexo de puñales, de puntas, de cerraduras rosadas, cansadas, vivas, cae la noche junto al angosto museo, cruje el lienzo, también la pestaña del muelle, ja     de    ar    ah!  mientras Madrid curva su espalda, placenta, cordón sobre Culicán, delictivo, delito, pim pam (explosión) ahhhhh (explotan), revólver blando y ya no tan blando y blando  y ya no tan blando dispara, pum, a través de los tejidos, torcidamente, con su buenismo perdido, adictivo, demasiado, no te detienes, ni gimes, ni lloras ante la espina del púlpito. Por qué. 

Y ya corre el plomo, en tus mis sus encías, negro, como un telón de cáncer, tan real como el dolor, andar, apuntar con el dedo, salir, asfalto y s(S)angre de Cristo, lo hará al anochecer, Bread and Water respondo no me esperes dices vienes sales después, y solo después, de haberme palpado el cuello. 

Dejó el bolso sobre la mesa y se sentó cansadamente, con el teléfono en la mano. El sol arrumbó en sus mejillas y le hizo parecer bronceada.

–¿Sigues leyendo a James Joyce? –preguntó ella.

–Estoy terminando Ulises. Me quedan setenta páginas. Al final, he sido capaz.

–Ulises, lo tuyo es masoquismo. ¿No decías que en la mayoría de capítulos no hay signos de puntuación y se inventa palabras?

–Si lo empezases, te terminaría gustando.

Yoyanoyanoyano, lo digo, me lo digo, me lo dices, sentada junto al arbusto, con la cabeza del cigarro abierta en canal. La barbilla tiembla y me pregunto por qué. 

Sin importancia, signo negativo más sigo negativo paréntesis rostro de carne con ojos de carne nariz de carne, vacuo frente al acero común de las arrugas, sin importancia, me digo al sentir que su mano me toca el ombligo, en la cama, el olor del pijama cruje, viga desnuda, me bebo la mueca, doliente, sin importancia, porque mía es la muerte también la victoria. 

Tres tañidos de campana. Estigma de alcohol alambrando la techumbre. Ella sonrió. Él embozó a Bloom con piel de hierba. 

–¿Sabías que el sábado pasado tocó Gran Cañón?

–¿Dónde?–preguntó ella.

–En la Sala Mud.

–No lo sabía.

–Me habría encantado ir. 

–A mí también.

–Es raro.

–¿El qué?

–Tú siempre estás al tanto de todos los conciertos. 

–Pues no de este. 

Martillo, clac, martillo, clac, martillo clac clac clac, esquirlas, clac, clac, dos veces más, ahora en diagonal, clac clac clac y CLAC. Ya está. La carne blanda: ya respira en la locura. Cómo. En el asiento del coche. Yemas curvadas. Media barra. Lento. Lento. Pantalla en blanco. Agonía en la nada. Ya. Pretender. Verdad. Real. Esquivar. Cansancio. Contar. Agua que lame un esqueleto violeta. Leído. Tres puntos suspensivos. Redondos. Vacíos. Pestañean. 

Y sonríes, un día después, sobre el taburete, apoyada en la pared, ser, parecer, y qué eres, colgarse de, colgarsedealgoalguienmasquetú y río en el coche, tus pechos viajan de vuelta, tocarlos, hemos despertado, adiós dices por teléfono, ruido de boarding, ¿quién te susurra? cuelgo. All right all right all right.

Tres días. ¿No había otro momento? Al fin, El rugido de las sombras, y Dallas Buyers Club, Drugs have been released for testing and I know this hospital is one of the places, I need it, that's not how thinghs work, Mr. Woodroff, pero en la pantalla, Mr. Hemingway se disculpa, con un silencio plano, en blanco y negro, no hay salida al otro lado de la frontera, ¿de veras?, pienso, mira bien el sentido de la carretera y responde, claro que la hay, al otro lado, exilio se escribe con O mayúscula, sí, hay vómitos fláccidos de sudor, y el edredón, cualquiera que sea, ha partido ya todos los huecos. 

–¿Vas a salir?

El vestido abrió la boca. Sus nalgas vibraron mordidas durante un segundo. Blandió el dedo culposamente y luego lo agitó. 

–Aún no lo sé– respondió él–. Puede que hoy me quede en casa. 

–Deberías salir. No te vendría mal un poco de aire. 

–Quizá vaya al cine. 

–No es mala idea. Por lo menos, estarás un rato distraído. ¿Has pensado qué vas a ver?

–Aún no– dijo el tibiamente–. No hay nada que me llame la atención. Lo que me da rabia es no haber ido ayer al concierto. Ojalá hubiese sabido que tocaban. 

Ella sonrió mientras cerraba erráticamente la cremallera del bolso. 

–¿Aún sigues con lo de Gran Cañón?

–Me hubiese encantado verles, eso es todo.

–Y a mí, pero si no pudo ser, no puso ser. Ya habrá otra oportunidad.

–Es posible que no la  haya. 

–Te prometo que la habrá–sentenció ella mientras estrangulaba los finos bigotes de la correa. 

Desenvaina los dientes y di. Escurre los ojos y di. Prometo. Te prometo. Desde la cama. Entrecerrada de blanco. Mullida. Rodillas al pecho. Manos dedos posición clandestina, curva lazo torsión clandestina. Prometes bajo el aire apagado. Respira tu cintura, no yo. Me conforme con hendir la nuca en la pared. Escuchemos, pues, tu promesa. Veamos cuán inmaculada es su garganta. 

Le toqué. ¿Qué significa? Depende. Dímelo tú. ¿Yo? Pregunta. ¿Pregunto? Mejor no. ¿Dónde? Mejor no. ¿Desde cuándo? Mejor no. ¿Mejor no? Entonces, coso mis labios y pienso. Una noche. Dos noches. Camiseta. Pantalón. Cremallera que se rompe. Slip. Un no slip. Una mano. Dos manos. Cuatro manos. Dos manos. Vestido. Tirante. Sujetador. Dos manos. Cuatro manos. Dos manos. Manos atrás. Bragas. Dedos. No bragas. Todos al suelo. Abre la puerta. Abrámosla. 

Pienso. Vértebra y desierto. Rómpase. O desnúdese. O recíbame. O vomíteme. O camíneme.  O hínqueme sobre el suelo para que no hiervan mis pies. ¿Y tú? Enséñame los dedos. Los toco. Sienes descarnadas. Se maceran los puntos. Cae arena sobre las piedras y me pregunto: ¿acaso estás acompañándome? Frunces los labios. Dices sí. Desde cuándo. Por qué. 

Pienso. 

Culpa. Irremediable. Irremediable y culpa. ¿Quién pone la y? ¿La pongo yo? ¿Puedo ponerla? ¿Qué ves en mí que lo permita? Mercurio en las pupilas. Manos rígidas.  Cruje la niebla sobre el lodo. Cruje la y. Se decapita. Se encapita. Carne bajo el fango. Polen por el fango. Si ya no estás, y suda la arena entre tus dedos, yo me descalzo. ¿Vives? Sí. ¿Por qué? Mira mis pies, ¿acaso ves que lleve zapatos? ¿Les has preguntado si tienen frío? No. Pues abre los ojos y mira, al trasluz, bajo el vientre. 

Antes.

Entra en el salón. Arrastra los pies. El teléfono hundido. Pasos sordos, húmedos, camina hasta el mueble, lo abre, husmea, se rasca la espalda, gruñe, lo cierra, me observa, sonríe: ¿qué vas a hacer? Nada, contesto. Yo me voy. Y se escurre, con un soplo esquivo, lacónico. Agonía de astillas, sube las escaleras, siento un calambre en el cuello, cambio de canal. 

Durante. 

Totenham ManU, Giancarlo Esposito, colmillo de león en nuca blanda, volumen al tres, habla Irvine Welsh, desgasto los párrafos, sudo, miro el paladar apeldañado, me levanto del sillón. Fulge para mí el anillo nervudo del pomo. 

Fuera. Explotaron las habitaciones oscuras. Se desmembraron las puertas. Sábanas son manos. Agotado el neón, todos los segundos son níveos.   

Después. 

Convencido-entusiasmado, arrepentido-, subo las escaleras. Me descalzo, absorbo el rigor de la cera, abro la puerta y entro en la habitación. 

A oscuras. El edredón con su cara este, arrugada. Una falda negra pendiendo del filo. Solo un haz -proveniente del baño- abanica mutiladamente el suelo. 

¿Estás ahí? Sí. ¿Qué quieres? Nada. Ya salgo, no abras. 

No es necesario. Un costado vertical, estrecho, límpido, su imagen sentada, absorta, sonriente; su mano apartando la blandura del muslo; su otra mano conduciendo la cuchilla, raspando -concienzudamente- la copa sobrante del sexo; su nuez primitiva y abotonada, escupiendo, o escupiéndome, con la furia laxa de los fugados. 

Tenías razón. Mis pies tienen frío. He de calzarme, ahora que no me ve, ahora que sus dientes se retuercen en el dèjavu, o lo retuercen a él, nosési nosési nosési nosés clac. 

Clac. Un disco a la izquierda. Otro a la derecha. Me tumbo en el banco, aprieto la barra. Arriba. Al pecho, arriba. Al pecho, arriba. Cuento tres, engullo el cuatro, cinco, seis, ocho, al pecho, arriba, mandíbula prieta, espalda arqueada, sangre morada, rota, al pecho, arriba, suelto la barra. 

Me levanto. Miro y me miro. Me miro, miro, miro el costado de la barra, y miro la oscura silueta del caucho. Brilla. Dobles pautada que resbala, como un costra blanca. Dos discos a izquierda. Dos a derecha. La barra respira, serena, con sus pústulas estúpidas, sin esfuerzo. 

Bruta. Fácil. Lineal. Abordable. Así es el corpus de la barra. Y pienso en el miliciano de Capa, en su brazo estirado, en la sombra del fusil, yerta, sobre la paja, y en el rostro hirsuto, dormido, bajo la columna de bala, frío en El Espejo, la lisura del cráneo resulta insolente. 

Él sería capaz. Podría (te habrá) contarte (contado) que Borrel pudo morir en el Cerro Muriano. Comment sontails tombés, 23 de septiembre de 1936, Vu, blanco y negro, 38,8 por 48,8 cm, una Leica III, gelatina de plata sobre el papel, Elmar 50 o 35 mm. 

Y yo. Qué puedo contarte yo. Los pulgares nunca rodean la barra. Inspira al bajar, expira al subir. Aprieta los tríceps. Contrae el pecho. Repite. No tengo el gran angular. Lo siento, el color es siempre el mismo. Lo siento, no puedo exponerme, tendrían que venir al sótano, nadie querría, tú no querrías, resultaría aburrido. ¿Cambiar de tema? No, no conozco la historia de Gerda. ¿Pohorylle? ¿General Walter? ¿El Goloso? ¿Père-Lacharse? ¿Quieres verme desnudo? ¿Músculos tensos (húmedos) si te hablo de Andrè?

Lo siento, no puedo. 

Sí, me quedo como si estuviera el Brunete. Y cuanto los discos. Pesa el caucho. Pesan sus dientes. Pesa sin dádiva, su vagina perfecta, llana, todo un paladar de resina. 

Primero 40. Luego 60. Aplauso en el hierro. Luego 70. Lengua marchita. Luego 90. Aguja en el hombro. Luego 100. Carcajada L-5. Luego 110. Vaivén de tabique. Luego 120. Cumbre en el cráter. Y 11(...). 

Para. Paro. Noche sucia en el hotel. Cetro húmedo para el Campeón del Mundo. ¿130? Aún veo 69. ¿140? Toda la sábana comienza por K. ¿150? Hay un jinete con sudor de laurel. Entonces 160. Ojos a los que sigue una boca a la que sigue una mano a la que siguen diez uñas a la que sigue una tela de sangre blanda. No: serán 200 kilos. 

Proyección. 

Al tumbarme en el banco y levantar la barra, sentiré un chasquido en el hombro. Palpitarán los codos, delgados como el nervio, y mis dedos gritarán en rojo. Fútil como el junco, me estrecharé sobre el respaldo. Doscientos kilos, abanico obeso que penderá a tan solo medio metro, atrás al centro evitar la izquierda evitar la derecha arriba y abajo. Pernos sobre el pecho, lo hincharé, con la espalda corva, maquillaje morado en el cuello: más allá del límite, el impacto me embalsará como un pudridero de lascas. 

¿Quién habrá escaleras arriba? Nadie. Lo sabré perfectamente, con conocimiento de causa, antes incluso de que la barra me azote. 

Aire sin cabeza. Deslizar la barra hasta la cintura. Sentarme con esfuerzo. Ante todo, respirar. Gritaré. La llamaré. No hay nadie. Aire plano, de molde zafio, con su bomba baldía, lenta, insulsa. No entra nada en mis pulmones. Ma ahogaré descompasadamente, crujientemente, estrechamente, intempestivamente, esforzadamente, engañadamente. Ma ahogaré mientras abro dos puertas y cierro la mía. 

¿Qué hay en la pared? Sí, a la izquierda, junto al 4.943. Es una fotografía. No estaba allí antes. Es ella. Mejillas sonrojadas, diadema de agua, labios blancos. Sostiene la medalla. Es mía. Bolsón de mercurio homogéneo, condensado, diatriba para el finisher. Me agarra por la cintura. Somos dos, dices, para qué queremos más, respondo, y de repente, dejo de pensar. La colgó ayer, antes de ayer, después del después, hábil, código entre enfermos, marathon day, marathon style, marathon life. Y al llegar, ella y yo, sonreiremos absurdamente exhaustos. 

200 150 100 50 0. Apago las luces. El sexo rasurado: todo él galopa de retorno, con su luz tapiada, y yo le espero. 

–No sé a qué hora llegaré– dijo ella junto a la puerta–. Será mejor que no mes esperes despierto. 

–Pero, ¿te veo mañana?

–Claro que sí. 

Al abrir la puerta, ella le miró. Ojos claros, encarnados. Se ajustó la chaqueta y le lanzó un beso. El respondió, con la mano tersa, alzó los dedos para despedirse. Ella sonrió. Segundos después, el clac de la puerta percutió, con ella ausente, en la espina del REM: nada es nunca tan sencillo. 


¿Y qué dijo Bloom sobre la ecuanimidad?


"En cuanto natural como cualquier y todo acto natural de naturaleza expresada o entendida en la naturaleza naturada por criaturas naturales de acuerdo con las naturalezas naturales de él, de ella y de ellos, de similaridad desimilar. En cuanto no tan calamitoso como la aniquilación cataclísmica del planeta a consecuencia de una colisión con un sol oscuro. En cuanto menos reprensible que el hurto, salteamiento de caminos, crueldad con niños y animales, obtención de dinero bajo falsas pretensiones, falsificación, malversación, apropiación de fondos públicos, quebrantamiento de confianza pública, simulación de enfermedades, mutilación voluntaria, corrupción de menores, calumnia criminal, chantaje, desprecio al tribunal, incendio con dolo, traición, delito de de mayor cuantía, motín en alta mar, violación de propiedad, robo con fractura (...)"


Pero (...).

Dr. John (Right Place Wrong Time), Little Feat (Willin'), Allman Brothers (Ramblin' Man), Jimi Hendrix (Hey Joe), todos se estorbaban, escalón por escalón, mientras él, desanudándose la garganta, con la vista ensogada, entró en la habitación y abrió la puerta del armario. 

Y allí, debajo de la pazmina negra, encontró un folio: apaisado, amarillo, doblado por las puntas, y lo cogió, lo olió, lo sufrió, lo sudó, y lo abrió, lo escuchó, lo atendió, y lo leyó, muy detenidamente, cuando aquella córnea (usada y ensamblada de tinta) vomitó (con fecha, hora y parte del capítulo 18)  el sonido roto, embarazado y extranjero del mismísimo y sucísimo Gran Cañón. 



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