lunes, 14 de abril de 2014

PALABRAS POSTERIORES

De sus labios se descuelga un hilo de neón. Él, tumbado boca arriba, abre los suyos y lo mastica con codicia. Ella sonríe. Sonríe amenazando con más neón. Sonríe mientras, con la mano derecha, atrapa la mandíbula de él y aprieta con fuerza. 

Él conduce su dedo índice hacia uno de los pezones, pero ella lo aparta negando con la cabeza. Niega pero sigue sonriendo. Su mandíbula, resbaladiza y dorada por la negrura, abre sus huecos en una especie de trance. Agacha la cabeza, desnuda sus dientes y muerde con violencia el labio inferior de él. Ambos gimen. Gimen mudamente mientras el neón edulcora sus barbillas. 

Ella se despega, resopla y clava sus uñas en el pecho de él. Antes de alzar las manos grita, con los ojos cerrados, un <<sí>> ronco y descabalgado. Un <<sí>> estrepitosamente vaginal. 

Un par de segundos. Los músculos frenan antes de que uno de los dos de el paso. Ella o él. Los de dos de éste emergen lentos y desengarzados, pero mantienen la distancia. Entonces ella. Ella. Ella alza torcidamente sus muslos, atrapa con mano torpe el pene de él y lo dirige hacia su sexo mientras escupe un escuálido bisbiseo. 

Rota para siempre la frontera, ella irgue la espalda y se deja caer espesa y verticalmente. Cae al igual que su voz, al igual que la voz de él. Voces. Sus voces estriadas caen por separado en mitad de las sábanas y ella, sacudiéndose con furia su entrañosa  ceguera, contrae las nalgas mientras extiende desigualmente los brazos. Luego vuelca sus manos sobre el vientre de él e inclina la cabeza. 

Él. Él la busca con la mirada. Ella le responde con una mueca rápida, concentrada. Una mueca contaminada por cientos de latigazos que gotean embebidamente alrededor de su vientre y que la hacen suplicar, suplicar con la boca abierta, con las mejillas finas y alzadas, suplicar mientras cabalga, mientras su voz rasga la compostura, suplicar mientras él eleva el tronco, suplicar mientras él esposa con blandura sus nalgas, suplicar mientras él vomita su lengua sobre los pechos de ella y los chupa. 

Entonces cabalgan los dos. Cabalgan mientras se escupen roncamente. Cabalgan mientras se besan, mientras se miran con los ojos cerrados. Cabalgan, o cabalga ella, o cabalga él, o se dejan cabalgar. Sus cinturas sudan. Y ellos sudan. Sudan mientras el neón se convierte en grasa. Sudan mientras ella pierde el equilibrio y cae laxamente sobre las sábanas. Sudan mientras él se abalanza sobre ella y taladra, sin mesura, el precipicio horizontal que, abierto y encharcando, grita, clama y ruge en busca de una bofetada carnosa y final. Y esta llega. Llega agónicamente, con los dos abrazados, con los dos rendidos sobre la cama, con los dos arañados por  cicatrices de saliva que se escurren empolvadamente por debajo de sus párpados.

Ella y él. Ambos lentos, pegajosos, cansados. Ella y él se besan con sigilo. También con cautela. Se besan escorzando los labios, procurando, quizá,  que sus vértices no se descosan antes de tiempo. Un segundo. Dos segundos. Tres segundos. Ella cae a la izquierda de él. Ella, con las piernas abiertas, se lleva las manos al vientre y sonríe. 

No se hablan. No se rozan con las manos. No se miran. Ella sonríe. Él no. No sonríe ni siquiera cuando se levanta de la cama, se acaricia los testículos con el dorso del pulgar y desaparece de la habitación. 

Ella, tras resoplar un par de veces y consultar su teléfono móvil, repta hasta el borde de la cama y se siente con gesto condescendiente.

Una brisa erizada se agolpa alrededor de sus pechos. Ella afloja los hombros, junta las rodillas y empuja la mirada más allá de la ventana. Es en ese momento cuando, sentado turbiamente en el sillón de la pared, me llevo la mano al estómago y respiro hondo. 

Respiro porque siento que el agujero es cada vez más grande. Grande. Mis dedos ya no abarcan su urgido diámetro. Saben que todo es pústula. Por eso se mantienen inmóviles, con las falanges avispadas, tensas, esperando ciegamente a que sus bordes retrocedan, o se sequen. Esperan pero la herida sigue siendo brusca y grande. Y lo es porque, bajo esta oscuridad cada vez más negra y rota, la sigo mirando fijamente. 

-¿No es esto lo que querías? -dice ella agitando las manos-. Pues ya lo tienes. No hay nada más que esto. 

-No pareces muy segura.

-¿Te ha parecido poco? Sinceramente, no creo que pueda haber más. 

Al decir <<más>>, su voz se tumba en al aire y masculla. Masculla sin apenas grosor, sin compasión, como un cuchillo al que hubiesen parido solo para destriparme. Ni siquiera sus pechos. Hay algo en ellos que me perturba. Es como si tuviesen un costado más jugoso de lo habitual, más carnal, más mordible, más ajeno a mí. Sus pechos están rompiendo -y lo saben- el frágil código de condescendencia que aún empareda mi sangre. Por qué lo hacen, pienso. Por qué lo hacen justo cuando este aire sucio, plástico, genital, atávico me obliga a tocarlos como si el mundo se estuviese rompiendo en el centro de mi vientre. 

-¿Cómo te lo habías imaginado? -pregunta ella. 

-No lo sé. 

-¿No lo sabes?

-Así -digo mientras agacho los párpados-. Supongo que me lo había imaginado así. 

-Es lo que tú querías. 
-No.

-¿No?

-Tal vez sí. O no. En realidad no sé lo que quería. Y si quería algo, ahora no sé por qué. 

-Te dije que lo pensaras. 

-Y lo hice. 

-Lo hiciste, pero ahora te arrepientes. 

-¿Arrepentirme? No, no estoy arrepentido. 

-Sangras.

-¿Sangro?

-Estás sangrando otra vez. Mira tus dedos.

-Es sangre de hace un par de días. No te preocupes. 

-Me preocupo porque estás goteando sobre la moqueta. 

-Lo dices como si te diese asco. 

-No es eso. Solo quiero que te recuperes y dejes de sangrar. 


Al cruzar con gesto ajeno las piernas, el suelo curvado de sus nalgas atrae toda mi atención. Lo miro. Lo miro y pienso que ella desea que lo mire. 

-¿Qué puedo hacer para que dejes de sangrar? -me pregunta. 

-Deja que me siente contigo en la cama. 

-¿Aquí?

-Sí. 

-¿Para qué?

-¿Para qué? Para nada. Tú solo deja que me siente contigo. 

-Está bien -dice ella encorvando la espalda-. Ven aquí. 
Me levanto del sillón y pienso. Pienso durante un par de segundos. Pienso en cómo debo caminar ante ella. Erguido. Lento. Orgulloso. Prieto. O quizá húmedo. O quizá marcadamente pálido, con los dedos retraídos, con el vientre de la herida bostezando como si fuese una lengua negra de gelatina. 

Tan solo me separan tres metros de ella. La habitación gira sobre sí misma mientras me acerco, mientras simulo ser tres hombres en uno: un hombre herido, un hombre insuperable, un hombro necesitado. 

Y allí, al pie de la cama, encojo el estómago, me siento junto a ella y acaricio su muslo con los nudillos de mi mano izquierda. 

Ella resopla. Resopla. Y resopla. Resopla apretando los labios, sonriendo con angustia. Y yo respiro. Lo hago mientras registro con la mirada sus perfil, y dentro de él los huecos brillantes que untan y picarizan su abdomen. 

-Tienes el pelo distinto -digo.

-Tengo el pelo igual que siempre. 

-Entonces te has hecho algo en la piel. 

-¿En la piel? ¿Por qué iba a hacerme nada en la piel?

-Sí en la piel. En la piel o en algún otro sitio. Pero estás distinta. 

-Estoy como siempre. 

Acaricio su hombro. Lo hago y tengo la sensación de que su piel, siendo su piel,. es al mismo tiempo todas las pieles. Todas las pieles que yo he podido desear. Desear antes y durante. Desear en silencio, en broma, clandestinamente. Están todas aquí, limpias y bunkerizadas, cosidas entre sí como un crisol salvaje. 

Ella quiere que la toca, sigo pensando. 

-¿Qué haces?

-Lo siento- respondo-. No quería molestarte. 

-No me molestas- El problema es que no sé lo que pretendes. 

-No pretendo nada. Solo quiero que sepas que deseo tocarte. 

-Deseas…

-Deseo y puedo. Puedo seguir tocándote. 

¿Puedes? Hablas como si fuera solo decisión tuya. 

-No me has entendido. Quería decir que no hay nada dentro de mí que me lo impida. 

-Pues en eso te equivocas. 

-¿Por qué me equivoco?

-Porque estás sangrando más que nunca. 

-Eso no es cierto.

-Mira tus manos, y también tus piernas. ¿No lo ves? Solo me has tocado una vez y fíjate en la herida. Está peor que nunca. 

-¿Y qué tiene que ver con el hecho tocarte?

-No lo sé. Yo no puedo responder a esa pregunta. 

-Claro que lo sabes. Además, no es asunto tuyo. 

-¿El qué?

-El hecho de que sangre.

-Y tampoco tuyo el que quieras tocarme. 

Su voz se ha vuelto rigurosa, rápida. Tengo la impresión de que esa respuesta aguardaba con avidez dentro de sus dientes, que la estaba masticando. Ahora sí noto la sangre, su cosquilleo rectilíneo, estricto, y también su boca irremediable pulseándome las muñecas. 

-Eso -digo con los ojos cerrados-, eso no no entiendo. 

-Pues deberías. 

-Creía sinceramente que todo dependía de mí. 

-Las cosas han cambiado. 

-Apenas ha pasado tiempo. 

-No es solo una cuestión de tiempo. 

-Si no es tiempo, dime al menos el porqué. 

-Hay muchos. 

-Pues dime sólo uno. 

-Ya te lo he dicho. El principal motivo eres tú. Es precisamente ahora cuando menos te interesa tocarme. Me hueles, me tocas, me revisas, me pones a prueba. Y también piensas. Ahora que lo has visto, piensas o pensarás más que nunca. 

-No. Ese es el porqué que quieres que escuche. Pero hay otro. 

-¿Te estás escuchando?

-Sí. 

-¿Te estás escuchando después de lo que has visto?

-¡Sí! Y ya sé que es patético, que es indigno. Pero deja al menos que sea yo quien decida sobre eso. 

-Está bien. 

-¿Qué está bien?

Ella se pone de pie. El neón enciende su costado derecho mientras se agacha junto a mis rodillas. No le pregunto qué hace, ni siquiera cuando desabrocha mi cinturón y me baja los pantalones con indolencia, con rabia, como si hubiese algo alrededor de mis piernas que le resultase molesto.

-Estoy lleno de sangre. 

-No importa -dice ella-. Es esto lo que querías. 

Se monta sobre mi verga sin apenas mirarme. No es lo que quiero, pienso. Al menos, no así. No con esta furia desencontrada, no con esta ajenidad. Mi cintura es un estribo para ella. Un estribo manchado, temporal. Un estribo que puede resultar engañoso. El estribo y la posición de sus manos, la tensión de su garganta, la estría pulposa que sobresale de sus pezones. Me confunde todo. Me confunde. No me confunde. Me confunde. 

Pero la confusión se quiebra de repente y me expulsa hacia una hondonada en la que grito, gimo y araño sus muslos con limpieza. Es la primera vez en toda la noche que no pienso en la herida. 

Ella me observa con el ceño fruncido antes de salir. Luego se sienta a mi derecha y junta con pudor las piernas. 

-¿Ya está? -me pregunta. 

-¿Ya está qué?

-¿Es esto lo que necesitabas?

-No lo sé. ¿Tú qué crees?

-Yo no creo nada. 

-Pues yo creo que sí. 

-¿Sí, qué?

-Es lo que necesitábamos. 

-Al menos ahora no sangras. 

-Te lo dije. 

-¿El qué?

-Te dije que podía. 

Me llevo las manos al abdomen y me percato de su tersura. Es lisa. Es lisa, pegajosa pero firme. Dejo que mis manos descansen. El tiempo todavía respira sobre mí, o sobre ambos, como una bola brota e inextensa. 

-Creo que me voy a marchar. 

-¿A dónde? -pregunto. 

-Necesito tomar el aire. 

-Yo también, deja que me ponga los pantalones. 

-No.

-¿Por qué no?

-Por el segundo porqué.

-¿Qué porqué?

-Mírame. 

-Ya te estoy mirando. 

-No, mira mis pechos. 

-Los miro. 

-¿No notas nada?

-No…

-Fíjate bien. 


Los miro. Miro sus pechos. Qué he de notar, me pregunto. Qué he de notar. Sus pechos. Sus pechos. Sus pechos frente a mí. Sus pechos que aún no he tocado. Sus pechos. Pechos. Pechos que se transforman en globos. Globos. Globos grandes. Globos en el sentido más espléndido y erótico de la palabra. Erótico o pornográfico. Dos globos que brotan más enhiestos que nunca. Dos globos erizados que se expanden, que crujen, que soflaman su contorno cada vez más turgente, más ciego, más descontrolado. 


Y sobre ellos una sombra. Y sobre ellos una segunda piel. Y sobre ellos un movimiento ajeno. Ajeno a mí. Ajeno a ella. Un movimiento que los cubre, que los cubre mientras ella, señalando la sangre con revive en la cabeza de mi abdomen, alza las manos, suspira y, agarrada a una nunca que tampoco es la mía, se disculpa con esfuerzo para desaparecer, sin más, de la habitación.  

1 comentario:

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