sábado, 19 de abril de 2014

MACONDO


Macondo es  hondura. 

Su <<eme>> rosada y carnal. Su <<con>>  doblado, como si fuese el espejo en el que hierve la tierra. Su <<o>> observando desde retaguardia, inquieta, prieta -sin propósito o con él- por un ritmo venoso, turbio y perdidamente nostálgico.

Macondo es nostalgia.

Porque la nostalgia, para que sea nostalgia, ha de ser honda. Y también ha de socavar el pecho de su presa, ha de pellizcar sus bordes, hacerlo con ímpetu, con lascivia; ha de ser sucia, traicionera, quizá falaz. La nostalgia ha de ser invasora, inconsecuente y homicida. 

Macondo es sombra.

Sombra que pincela sus huecos en la mejor de las fotografías. Una fotografía real, irreal, mágica, sucia, estridente, paranóica, violenta, sexual, corrupta, fraticida, espesa, afrutada, hedionda, volcánica, aplomada, sangrienta, bulliciosa e hipnótica. Una planicie de frases largas y de raíles deslenguados. Mancondo es una bofetada de vida, de vida aterrada de muerte, de muerte que vomita vida mientras la maldice, mientras la llora, mientras bebe y se desangra con ella. 

Macondo es patria.

Patria de los Buendía, y quizá de los Ariza. Pero también es la tuya, y la nuestra, y también la mía. Patria que nos descarna en la distancia. Patria que nos ha untado con sudores redondos y prehistóricos. Patria que, sin haberla conocido, escupe en nuestros hombros una nostalgia pálida, innegociable y certera.

Macondo es la patria por la que has muerto, maestro. 

Macondo es la patria por la que, si tú lo ordenas allá donde estés, moriremos todos. 

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