lunes, 31 de marzo de 2014

VOZ Y CUERPO

Primero cayeron los ojos. A continuación la nariz, las manos y los brazos. Aún conservaba las piernas. Subió lentamente las escaleras mientras presentía un agujero en mitad de la garganta. Se detuvo en el último escalón y miró a su izquierda. La puerta se encontraba entreabierta. 

Había luz dentro de la habitación. Una luz vacua, angosta. Una luz aglomerada por un telar de salpicaduras grises. Sin ojos, apretó las cuencas con un gesto de contención. Apoyó el hombro sobre el marco de la puerta y se dejó caer seria y fútilmente. 

Una vez dentro, y con ella postrada en el borde de la cama, preguntó. Y ella respondió. 

Al escucharla, su voz se descompuso de repente. Los trozos parecían desfilar ordenadamente alrededor del agujero. Quiso detener la caída alzando las manos, pero que recordó que estas yacían estúpidas y vacías en el suelo del salón. Supo a continuación que se pecho se estaba contaminando de eco. Eco de ella y eco de él. Por eso caminó hacia atrás, sin dejar de mirarla, o de simular que la miraba y salió de la habitación. 

Bajó las escaleras con torpeza. Sus rodillas, desencajadas de repente, se revolvían alrededor del los tobillos como dos piedras envueltas húmedamente por un telón de finísimas venas. Ella le perseguía con su voz. 

Abrió la puerta con los dientes y salió de casa. 

Caminó hasta la embocadura del puente. El frió ensanchaba el aire con una crudeza rápida y horizontal.  Se detuvo al escuchar su voz. Una voz escuálida, ahogada. Una voz que trepó por su nunca e hizo que se diese la vuelta. 

Ella hablaba. Y al hacerlo, las orejas de él cayeron flácidas contra el suelo. Entonces gritó. Gritó porque ya no podía oír. Gritó porque su voz arrastraba con indolencia las columnas de arena y saliva que arañaban su pecho por dentro. 

Tuvo la sensación de que podría haber muerto allí mismo. 

Pero ella no dejó que lo hiciese. Le abrazó. Deslizó sus dedos por el cuello de él y le pidió que regresase a casa. 

Él aceptó. 

Y allí, en medio del salón, ella le colocó sus ojos en las cuencas, cosió con lentitud el tejido blando de sus brazos, y luego el de sus manos. También lechó el agujero de su garganta y devolvió a sus orejas el calor membranoso que habían perdido en el puente. A continuación, engrasó con aliento las juntas de sus dos rodillas y le hizo subir las escaleras. Entraron, de nuevo, en la habitación.

Él se miró en el espejo. Sonrió. Sonrió antes de llorar. Luego lloró, agachó la cabeza y apretó con quejura los dientes. 

Alzó la mano derecha y la posó en su cintura. Ella, al sentir su tacto, retrocedió un par de pasos y apartó la mano. La apartó mientras de su boca nacía y moría la palabra <<no>>. 

Él la miró fijamente, repitió la palabra <<no>>, maldijo, suplicó, volvió a maldecir  y comprobó, otra vez, que sus ojos, sus brazos, su garganta, su rodilla y sus orejas caían sobre sus pies como una montonera de piel, dolor y desnutrida sordera. 

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