miércoles, 11 de diciembre de 2013

LOS PASOS DEL HOMBRE MARCADO


El hombre marcado nació, se resistió, se resistió y se ahogó, sin saber que se ahogaba, sin ganas de llorar, sin expectativas de apretar los puños ni de masticar el pezón de la madre, con la cabeza laxa, absorta, escueta, perdida; y resbaló, con la piel vuelta, con los codos enfrentados, con la mirada a pie de párpado, sin remisión, con indolencia, con la boca cruzada, sin aliento y sin tiempo. 

Y luego respiró, con los labios sucios, bajo pezones sucios, entre manos sucias, sobre sábanas sucias, con indiferencia, con voces indiferentes, con silencios indiferentes, sin tacto, sin acercamiento, sin sudor, con estridencia, con madrugadas estridentes, con alcoholes estridentes, con súplicas estridentes, con rendiciones podridas y con una sombra igualmente honda y podrida.

Y luego creció en una cuna oscura, de una habitación oscura, bajo un techo oscuro, ciego por una luz oscura, una luz peligrosa, doblada, una luz que primero le arropó y luego abrió la puerta, para dejarles entrar, para que revisaran la comida, para que la minimizaran, para que la hicieran insignificante, para que la hicieran estéril, huidiza, volátil, transparente, dolorosa, dolorosa, dolorosa, con llagas dolorosas, costillas dolorosas, visiones dolorosas, gritos dolorosos, ruidos dolorosos, nudillos dolorosos, mejillas dolorosas, dolorosas, doloridas, hediondas, sangrientas, cicatrizadas, reabiertas, cicatrizadas, reabiertas, cicatrizadas, olvidadas, reabiertas y conocidas. 

Y luego vio el fuego en la esquina de la habitación, fuego que nadie veía, fuego plagado, violento, musculoso, ancho, sonoro, burlón, próximo, próximo, más próximo, y gritos detrás de la puerta, gritos ajenos, concentrados, impropios, escurridos, sordos, y se tapó los oídos, y los ojos, para no ver el fuego, para extinguirlo, para escupirlo, para vejarlo, y lo vio, y no lo vio, y lo vio, y no lo vio, no lo vio, pero lo vio. 

Y luego salió de la casa, sin quererlo, cuando escuchó un golpe más allá del balcón, en la acera, con sangre en el eco, con sangre en su dibujo airado, en su reflejo, en el instante posterior, en el perfil del padre, de la madre, del padre encañonado, atravesado, estúpido, alcoholizado, deshecho, deshecho ambos, deshecho él, deshechos todos, sordos, con ruido, sin él y con más fuego, visible en lo invisible, sucio en la ceguera, perseguidor y rápido. 

Y luego maduró, más allá de la casa, en otra casa, en otras casas, y comprendió, le comprendieron, le anestesiaron, le reeducaron, le hicieron trabajar, y trabajar, solo, solo, sordo, solo, sonriente, solo, feliz, solo, agradecido, solo, complaciente, solo, entre el fuego, otra vez el fuego y solo. 

Y luego el fuego le llamó, le llamó, y lloró, lloró, negó, lloró, negó, huyó, lloró, negó, gritó, intentó, gritó, durmió, gritó, suplicó, gritó, lloró, lo retó, llorando, rogando, apretando los músculos, gritando, fuego, más fuego, fuego más fuego igual a fuego, su fuego, lucha de fuegos, llorando, rezando y esperando. 

Y luego murieron, le detuvieron, le exhibieron, le leyeron, le asesoraron, le insultaron, le condenaron, le juzgaron, le condenaron, le siguieron a la cárcel, le vaciaron, le crucificaron, le olvidaron. 

Y mientras tanto vio fuego, y dejó de verlo, una vez, la segunda volvió a verlo, se explicó, lloró, se volvió a explicar, se confesó, y se volvió a explicar, le miraron, los presos le miraron, los presos desconfiaron, los presos lo retaron, los presos lo intentaron, y los funcionarios le miraron, los funcionarios se rieron, los funcionarios le escucharon, los funcionarios le arrinconaron, los funcionarios le ayudaron, le acompañaron, le dieron agua, agua para beber, agua para apagar el fuego, agua para vivir, y lo apagó, y volvió a verlo, y lo apagó, lo apagó hasta mil veces, dos mil veces, tres mil veces, durante veinte años, veinte años y un día, un día más miedo, un día más miedo más miedo, un día más miedo más miedo y sin miedo del fuego, con miedo a  la luz, con miedo a los ojos, con miedo a las bocas, con miedo a las palabras, con miedo a sus palabras, a todas las palabras, a las palabras que no son palabras, a las palabras que dejan de ser palabras cuando deben de ser palabras, con miedo a la puerta que se abre, a la puerta que se cierra y a la puerta que se abre. 

Y puerta se cerró, y se abrió la otra puerta, la puerta grande, y le estaban esperando, le estaban exigiendo, se estaba él exigiendo, exigiéndose a base de palabras, y le insultaron, le condenaron, le fotografiaron, le siguieron, le alejaron, le utilizaron, le arrinconaron y le volvieron a encerrar. 

Y allí, en la habitación, le apuntaron, le volvieron a apuntar, le dispararon, no le dieron, le dispararon, no le dieron, le dispararon, le dieron y, ahora sí, se hizo un fuego duro, áspero, sólido, llagado, y ahora sí, ahora sí, real, y más real, y más real y mortal. 

Y por fin, o sin fin, o con un fin murió, y después de muerto murió, y murió, y murió, y murió bien, o murió mal, o se murió seguro, o murió él o, simplemente, el hombre marcado nació, vivió y murió porque, a su manera, debía de nacer, vivir y morir. 

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