sábado, 30 de noviembre de 2013

TRAS LA FIEBRE DEL AIRE (FINAL)

El día que gané mi primer caso para Ralph, ambos nos dirigimos a la fábrica que Industrias Dermond tenía en las afueras de la ciudad. Mantuvimos una breve reunión con su presidente. Primero se abrazó a Ralph y luego me felicitó con un apretón de manos. Su rostro, a pesar de la victoria, parecía serio. El sudor le caía muy lentamente por las sienes y su cuerpo parecía irradiar una frialdad demasiado movediza, ampulosa. Tuve la impresión de que una nube hedionda flotaba sobre él. Era como si una corona de medicamentos y estiércol pendiera sobre su cabeza.

-¿Eso significa que podemos seguir con el plan?

-Podéis seguir sin ningún problema -respondió Ralph.

-¿Y lo saben arriba?

Ralph asintió con un leve movimiento de cabeza. El presidente no dejaba de consultar su teléfono móvil. Miraba por la ventana en todo momento. Los sumideros del hangar expulsaban una especie de vaho amarillo. Le precedía siempre un ruido hondo, repicado, como si algo estuviera desmembrando una superficie de acero. 

-¿Qué ocurre, Charly? ¿Todo va bien?

El presidente, apostado en la ventana, se llevó la mano al cuello y cerró los ojos. Luego se pasó la lengua por el labio superior y dibujó una mueca de dolor. 

-Prefiero que os marchéis, Ralph. Seguiremos con la reunión en otro momento. Os estoy a ti y a tu chico muy agradecido. 

Ralph y yo abandonamos el despacho del presidente y le seguimos disimuladamente hasta el hangar. El vaho se había convertido en una esfera de vapor retorcida y gruesa. También más hedionda. Tuve que taparme la boca con la mano izquierda mientras Ralph seguía caminando hasta la puerta del hangar. 

-¡Vámonos de una vez! -grité casi sin poder verle, ciego por el humo hinchado que ahora atravesaba mis pupilas como si pretendiera descarnarlas, como si aquel fuese el primer peldaño hacia el interior de mi cuerpo. 

Recuerdo el cuerpo encogido de Ralph, casi en el suelo. Su gabardina ondulaba como un envoltorio irreal, manchado de marrón, demasiado ancho para un cuerpo al que vi desaparecer en mitad de aquella bovina estúpida y leprosa. Entonces sobrevino la explosión. 

Me mira con miedo, retrocede un par de pasos, mira a su alrededor y busca algo con lo que poder defenderse, quizá golpearme, o matarme, o matarse él. 

Yo también estoy asustado. Me he visto reflejado en un cristal. Tengo la boca abierta, desencajada tal vez; lo siento como un resorte muy duro y acelerado. Mis dientes están manchados de sangre. Parecen podridos, más largos y astillados de lo normal, como si fueran a caerse, sin raíces ni encías de las que pender. Simplemente flotan. Flotan y muerde. 

Toda mi piel es una llaga abierta. Siento que se descose de la carne, como si ya no hubiera sangre. Sangre que se hincha, que se rompe, que me hace parecer un muerto. Sangre que me dice que estoy muerto. Estoy muerto aunque piense, aunque sufra, aunque muerda como si todo fuese aire. Aire infecto, afiebrado. Aire que me ha despellejado en un acto de profunda equidad. 

Desconozco si Ralph camina en mi misma dirección. Sólo puedo verle a él. Me observa con terror. No me vio del mismo modo en aquel bar de Broadway con Cortland. O tal vez sí. Conocía el Informe AS-H. Sabía que esto podía ocurrir, que yo o cualquier otro resucitaríamos tras la explosión convertidos en esto. Nadie le dio nombre al ser, al objeto, a la sombra que soy ahora. Imagino que no quisieron frivolizar, o atemorizar a los aprensivos, a los débiles, a los iluminados por atisbos de Apocalipsis. 

Pero yo estoy pensando. O es un segundo <<yo>>. Un <<yo>> residual, involuntario, inocuo. Un <<yo>> que recuerda cómo ordené el asesinato de los dos últimos testigos. La mujer y el hijo de este hombre atravesarían Brooklyn a las 9.35 horas. No lo hicieron. Cuando salieron del hospital, los frenos del coche habían sido inhabilitados. Sin frenos, sin cinturón, sin vida más allá de un muro de hormigón que los recibió con el pecho abierto, impaciente e inmaculado, ansioso por abrazar el ruido del motor mutilando sus propias arterias. 

Pero el otro <<yo>>, el que camina, el que amenaza, el <<yo>> resucitado de la muerte, avanza hasta él arrastrando un amasijo de entrañas demasiado confuso, previsible, infectado por palabras mudas que anunciaron este final, que lo desearon en el momento en que pudieron verlo, tocarlo, repudiarlo en nombre del flujo caliente e impúdico que se concentraba en su estómago. 

Si no correo morirá, le mataré, me lo comeré. Mi <<yo>> volátil le exige que huya o que me mate. Mi <<yo>> carnal, mi <<yo>> podrido escupe sobre su cara un trozo de sangre. Me empuja, suda, busca con sus ojos a izquierda y derecha. Él quiere vivir. Yo quiero morir. Morir definitivamente, morir sin pensar o pensar hundido en la negrura, o en la blancura; pensar, en definitivo, lejos de cualquier carne. Creo que no lo conseguirá, creo que algo cuelga entre mis dientes, creo que ya no respira. Creo, o deduzco, o lamento que Ralph, como no, gruñe satisfecho a mi lado mientras ambos compartimos la realidad orgánica del botín. 

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