domingo, 1 de septiembre de 2013

TRAS LA FIEBRE DEL AIRE (PARTE 5)


El informe contaba de casi cien páginas. Terminé de leerlo en un bar de la calle Madison. Recuerdo que eran casi las dos de la madrugada cuando el camarero se acercó a mi mesa y me dijo que iban a cerrar. Le miré a los ojos y tardé en responderle. Pagué la cuenta y salí, con el informe en mis manos, sintiendo en el rostro una corriente de aire gélido que no amainó el calor que corría por mi pecho.

Al día siguiente recibí una llamada en mi despacho. Faltaban sólo tres sesiones para que el juicio acabase. Ninguna de las pruebas practicadas hasta el momento habían podido acreditar que Industrias Dermond estuviese llevando a cabo actividades contaminantes. Estaba previsto que en el plazo de dos días declarasen los dos últimos testigos de la parte demandante. Un experto en toxicología y el padre de un niño ingresado en un hospital de Brooklyn; precisamente el mismo con el que hablé en la cafetería y me apremió para que buscara y leyera el informe.

-De ti depende que lo hagamos o no.

Al principio no respondí. Tenía el informe encima de mi mesa. Ojeé las primeras páginas antes de tomar una decisión. Hubiese sido muchísimo más fácil si no hubiese conseguido leerlo. Ahora, debía de pensarlo con calma. O quizá no. Nada había cambiado más allá de la verdad material. Verdad material. Repetí aquel concepto con un leve susurro. Había cerrado los ojos. Tuve que desanudarme la corbata y recostarme en la silla.

-Está bien. Hazlo.

-¿Lo hacemos con los dos?

-Sí.

-¿Lo sabe Ralph?

-Aún no. Yo se lo diré.

Acababa de ordenar la muerte de los dos únicos testigos que me podían hacer perder el juicio. Reconozco que sentí ganas de tirarme por la ventana. Me levanté de la silla y caminé alrededor de la mesa con las manos cruzadas detrás de la nuca. Necesitaba con urgencia salir del despacho. Cuando abrí la puerta me encontré de bruces con Ralph.

-Tomemos un café.

Ralph enarcó las cejas poco después de sentarnos. Dobló la cabeza hacia la izquierda sin dejar de mirarme. Su piel tenía un color cetrino. Puso una mano encima de la otra y abrió lentamente los labios.

-¿Y bien? -dijo.

-¿Y bien qué, Ralph?

-¿Quieres ganar este maldito caso, o no?

-Por supuesto que quiero ganarlo.

-Entonces explícame por qué tienes encima de la mesa un informe del que te dije que te olvidaras.

-¿Fuiste tú quien ordenó que me dieran una paliza?

Ralph esbozó una ligera sonrisa. Una sonrisa oscura, encerrada. Una sonrisa hedionda.

-¿Crees que lo que has leído es toda la verdad?

-No. Creo que no es todo.

-Si te crees demasiado demasiado importante, acabarás teniendo un final importante.

-He ordenado que los maten. ¿Te parece suficiente?


Ralph clavó sus ojos en mí. Parecían cubiertos por una especie de barniz ensangrentado. Aquel brillo, rojizo y purpúreo, desbordó la exigua distancia que había entre nosotros.

-Vuelve al trabajo. -dijo mientras lanzaba la servilleta contra la mesa y se levantaba de la silla.


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