sábado, 18 de mayo de 2013

TRAS LA FIEBRE DEL AIRE (PARTE 4)


Sentí la mirada de Ralph al levantarme de la silla. Me pedía sangre. Aquellas pupilas flagelaban el espacio entre la testigo y él. Asumí el reto. Me olvidé de que aquella mujer estaba a punto de llorar. El rímel yacía por sus párpados como cráteres de hollín. Ella trataba de retirarlo con el dorso de la mano izquierda. Le pidió un pañuelo al Juez Coubert y éste se lo dio. Lancé mi siguiente pregunta cuando todavía su cuello apuntaba hacia la cima del estrado; lo giró sobresaltada y me miró con cierto desprecio. No hizo falta que Ralph me apremiara con un leve asentimiento de cabeza. Me acerqué a la tarima, apoyé en ella mis dos manos y dejé caer todo el peso de cuerpo. A tan sólo tres palmos, la sentí enjugando sus lágrimas con un sonoro sorbido. Su perfume barato disparó mi agresividad.

Y tal y como quise la hundí. A su hijo le había sido diagnosticada una encefalopatía aguda años antes de que Industrias Dermond iniciara su actividad a las afueras del Estado. Y sí, las deudas habían colocado a toda la familia en situación de bancarrota. Ni siquiera hizo falta que contestase a mi última pregunta. De hecho, la formulé con esa intención. Se desplomó ante la barandilla del estrado y comenzó a llorar. Tuve mucho cuidado de que la escena tuviera lugar justo después de mencionar la palabra <<bancarrota>>. De lo contrario, el Jurado habría podido interpretar equivocadamente el sentido de la duda razonable. Me encargué de gritarla, de fruncir el ceño, de estirar mi boca delante de ella como un arco violáceo y salivado. Moví el informe médico del pequeño Ryan de izquierda a derecha, golpeando el micrófono y lanzándolo contra la mesa como si en mi mano tuviese una especie de herejía infecta con capacidad para condenar a toda la Sala. Sí. Ella era mía y pude rematarla a placer.

El Juez hizo un receso. Observé a cada miembro del Jurado abandonando la Sala. Alguno me miraba de reojo. Intenté mantener la calma. Ralph mantuvo la misma posición hierática durante al menos un par de minutos. Luego rompió en una risa estridente y yo le seguí. Mientras guardaba el expediente en el maletín, Ralph palmeó cariñosamente mi mano derecha antes de levantarse y coger su gabardina negra. Cuando pasó a mi lado se detuvo y sin mirarme dijo:

- Te esperan en el baño de la segunda planta. No te retrases.

Una broma, o una frase en clave. Ni lo sabía ni me interesó. Acudí al cuarto de baño porque necesitaba mear. Entré mientras silbaba Dancing in the dark cuando recibí un fuerte empujón en la espalda. Dí con mi cara en la puerta de uno de los aseos. Alguien me agarró por el pelo de la coronilla y tiró hacia atrás. La retuvo un segundo para luego volcarla contra la misma puerta. Sentí un corte en mi mejilla izquierda. Repitió el mismo movimiento hasta cinco veces. Su voz era masculina y ronca; se arrastraba por mi oído dejando una especie de rastro arenoso que me hizo sentir un fulgido escozor.

- ¿Has sido tú? -preguntó.

- Oiga...

- ¿Has sido tú? ¡Contesta!

- No sé a qué se refiere.

- Si vuelves a preguntar por él, te rajaré como a un cerdo.

En ese momento, sentí un golpe en el muslo derecho; una especie de martillazo profundo que lo hizo retumbar. Caí sobre mis rodillas y di con mi frente en el pomo del aseo. Me balanceé sobre mi hombro antes de que éste tocase las baldosas. Ni siquiera tuve la oportunidad de verle. La puerta del baño se abrió y yo quedé tendido en el suelo, con las piernas separadas y un reguero de sangre descolgándose alrededor de mi ceja. Cuando Todd gritó desde la entrada, me cubrí el rostro con las manos.

- Joder ¡qué te ha pasado!

- Necesito agua -dije.

- Le dije a Ralph que quería hablar contigo. Montará en cólera cuando te vea así.

- ¿Quién era?

- ¿Quien era quién?

El tipo, pienso ahora mientras recuerdo, el tipo al que le debería un favor si hubiese cumplido su amenaza.

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