domingo, 5 de mayo de 2013

TRAS LA FIEBRE DEL AIRE (Parte 3)


Ralph Willbumrg se limpió la boca con la servilleta y siguió comiendo. Ni siquiera me miró. Su rostro se había vuelto excesivamente gris. La luz pérfida del mediodía endurecía el contorno de sus pómulos.

- No te interesan los detalles - me dijo.

Le observé detenidamente con el tenedor en la mano. Masticaba muy despacio. Sus ojos no se apartaban del plato. Un reflejo gris recorría sus pupilas y todo él parecía estar cubierto por una extraña cortina de ceniza. No era cierto que no me interesasen los detalles. Cuando entré en el despacho de Phillip Silgmore observé un profundo corte en su nuca.  No era una herida abierta, pero su recorrido anguloso me hizo dudar. Sin embargo, Ralph esquivaba mi pregunta tachándola de impertinente. Algo superfluo a poco menos de tres días para el inicio del juicio. <<Su muerte es agua pasada>> dijo.

- Podría decirte que tienes la oportunidad de tu vida delante tuya. Pero sería un error no decirte que está en juego algo muy importante.

- Un contrato millonario, ¿verdad?

- Nos estamos jugando la seguridad del país. Está todo en tus manos.

Ralph elevó la mirada y me taladró como si fuera un mero tabique de corcho. Sus pómulos emergían sobre un contorno tan marcado como tétrico. Era la imagen de un rostro insultantemente pétreo. Dejé los cubiertos dentro del plato y me limpié la boca con la servilleta. Dudé un par de segundos pero finalmente lo dije.

- A veces pienso que todo esto es un juego.

- ¿Cómo dices, muchacho?

- Creo que estás jugando conmigo, que me estás poniendo a prueba.

- ¿Qué te hace pensar eso?

- Todo.

Ralph torció el cuello hacia la ventana y resopló fuertemente. Luego se dejó caer sobre el respaldo de la silla aflojándose el nudo de la corbata. Aguardó diez segundos antes de continuar. En ese momento irguió la espalda y desplazó sus hombros curvados hacia atrás.

- Cuando acabe el juicio y lo hayas ganado para mí, te darás cuenta de que no soy un jugador sino un patriota.

Dijo esto último con medio cuerpo encima de la mesa. Su boca violácea se alargó como la boca cementada de un túnel. Pude notar el hedor alcohólico escurriéndose por su garganta mientras me observaba esperando una respuesta. Intenté masticar por enésima vez una hebra de carne anclada entre mis dientes.

- ¿Qué es lo que hacen ahí dentro, Ralph?

- Salvan vidas, como tú y como yo.

Desde hacía siete días ocupaba el despacho de Silgmore. Se encargaron de limpiarlo durante un día entero. Al entrar, sufrí una arcada que me hizo tirar al suelo una de las cajas con los documentos del caso. El aroma límpido de la habitación arrojaba aún un reflujo espeso de sangre. Con el juicio a la vuelta de la esquina decidí emplearme a fondo. Tenía dos reuniones al día con el equipo de litigios. El resto del tiempo lo dedicaba al examen de las pruebas y de los informes periciales.

Una de las noches recibí una llamada. Eran las 0.23 horas.

- ¿Cómo ha conseguido el número de mi despacho?

- Eso no importa. Le espero en Gallager de media hora.

Gallager era un bar situado en la esquina de Broadway con la calle Cortlandt. Al entrar, un tipo sentado en una de las mesas del fondo me hizo una señal. Me acerqué con paso ligero mirando de reojo al camarero de la barra.

- ¿Me conoce?

- Les conozco a todos -dijo el tipo.

- ¿Conocía a Silgmore?

- Sí. Y le doy mi pésame.

- No es necesario. Tuve poco trato con él. ¿Qué es lo que quiere?

- Retírese de este caso.

- ¿Cómo dice?

- Retírese ahora que está a tiempo.

No tendría más de cuarenta años. Su rostro era anguloso y agrietado. Nunca había visto unos párpados tan amoratados. Sus ojos claros empalidecían con cada parpadeo. No dejaba de arañarse la barba con su mano derecha mientras miraba nerviosamente a ambos lados de la mesa.

- Estoy sólo. Puede hablarme claro.

El tipo dudó antes de responder. Se acercó hacia mí a través de la mesa pero luego reculó. Hundió la barbilla en la garganta y cabeceó un par de veces.

- Sólo le pido que lo lea.

- ¿Qué tengo que leer?

- El informe AS-H.

- No sé de qué informe me habla.

- Imaginaba que no lo conocería. Haga el favor de encontrarlo. No creo que sean tan estúpidos como para destruirlo. Guardarán una copia.

- ¿Y para qué quiere que lo lea?

- Porque en él dice cuándo morirá mi hijo.

El tipo se calló y comenzó a jadear. Lo hacía sin mirarme, abstraído en la vibración de aquel gemido ronco. Eché mi silla hacia atrás pero no me atreví a levantarme. No lo habría hecho aunque hubiese podido.

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