miércoles, 7 de noviembre de 2012

TRAS LA FIEBRE DEL AIRE (PARTE 1)


Soy un monstruo. Lo soy en todos los sentidos. En este mismo instante, dudo si decir que lo he sido. En cualquier caso, tanto si lo he sido como si aún lo sigo siendo, todo acabará en unos minutos. Pocos. Posiblemente dos. Incluso menos. Desconozco si en mi actual estado puedo estar convencido de algo. En el caso de que así fuera, esto es lo mejor que podría ocurrirme. ¿Pensará él lo mismo? Posiblemente sí. ¿Será capaz de tomar la decisión? Espero que así sea. Sólo el miedo puede hacer que corra. Si lo hace, si decide huir, será mi final. O tal vez no. Sería un final sin final. Una letanía en la que seguiría siendo un monstruo. Caminaría sin rumbo. Atropellando lo inmediato. Haciendo  todo cuanto me enseñaron con el peor de los gestos. Haciendo, en definitiva, lo que quise hacer desde el primer día. 

Mi nombre es Pete. Hasta el día de hoy, he sido socio de uno de los más influyentes bufetes de Nueva York. Posiblemente el que más. Willbumrg, Mcforth, Hisley y Wilton. Abogados. Un nombre largo para una firma con poderosos tentáculos dentro y fuera del Estado. Nuestro nombre era pronunciado con demasiada frecuencia en los pasillos del Congreso. Luz, gas, petróleo, comercio exterior, armas. Todo se gestionaba dentro de las tripas del bufete. Ningún contrato importante se firmaba sin que alguno de los socios diera el visto bueno. Éramos, en definitiva, la quintaesencia de la práctica jurídica. Un equipo de primera división. Jugábamos para ganar la Liga Nacional. Y lo hicimos. Durante años. Nuestros zapatos de dos mil dólares golpeaban el suelo de los Tribunales como la más prieta de las botas militares. Inundábamos los estrados con ayudantes, investigadores, expertos. Éramos un ejército adiestrado para lanzarse al cuello del contrario. Lo apretábamos con fuerza. Lo retorcíamos. Masticábamos su piel delante del Jurado. Una y otra vez. Luego la escupíamos al suelo para pisotearla con desprecio. El cliente alzaba la cabeza con orgullo. Abonaba nuestros honorarios satisfecho. Y nosotros, yo también, finalizábamos el día en Martin´s creyendo que éramos los putos amos de Nueva York.

Si en algún momento tuve ideales, estos desaparecieron cuando Ralf Willbumrg vino a mi Facultad para dar una conferencia a los alumnos de último año. Siempre supe que quería ser abogado pero no de qué tipo. No voy a negar que todo estudiante guarda en su interior una imagen estereotipada de la profesión. Y yo no era ni muchísimo menos una excepción. Pero nunca me imaginé cabalgando por Wall Street hasta que acudí a dicha conferencia y le escuché a él. Lo primero que me impresionó fue su imagen.  Me quedaría corto si dijese que aquel tipo desprendía seguridad. Era mucho más. Su cabello negro peinado con una precisión de milímetro, sus cejas imperativas, su nariz emergente y precisa, su envolvente labio inferior, sus ojos ovalados, tan tiernos  como fríamente castigadores. Era la viva imagen del triunfo. Él constituía la personificación incuestionable de un concepto. Él era la perfección. Y yo sentí en ese momento una irresistible atracción hacia el significado de todos sus movimientos. Especialmente cuando el Sr. Virtul le cedió la palabra y éste se levantó de la silla, cogió el micrófono con su mano derecha y, sin dejar de observar al auditorio, desabrochó con la izquierda los botones de su chaqueta. Su sonrisa era extraña. Su boca se abría como un túnel mientras las comisuras de sus labios se hundían blandamente en dirección hacia la mandíbula. Así comenzó su discurso. Sonriendo. Y sus primeras palabras no pudieron ser más alentadoras. Sois míos. El silencio se hizo en toda la sala. Pero él no dejó de sonreír. Yo diría que acentuó aún más si cabe el gesto burlón de sus labios. ¿No me creéis?  continuó. El Sr. Virtul, vuestro Rector, me ha dicho nada más llegar que sois los mejores. Lo más brillantes. La élite dentro de la élite. Se paró en mitad del escenario. Llevó su mano derecha izquierda hacia la cintura arrastrando la porción lateral de su chaqueta. Nos miró. Nos examinó. Hizo un barrido completo por cada fila de la sala. Todos los allí presentes contuvimos la respiración. Y teniendo en cuenta la desorbitada cantidad de dinero que dono anualmente a esta Universidad espero que no se equivoque. Entonces lanzó una carcajada que penetró por la zona baja del escenario recorriendo el suelo ascendente de la sala como una mecha de pólvora. El Sr. Virtul acompañó aquel inusitado estallido de júbilo con una risa ronca. Sentado en su silla y cruzado de brazos ni siquiera fue capaz de cruzar su mirada con la de Willbumrg. Sólo cuando él mantuvo su risa durante al menos cinco segundos, todos los allí presentes reímos con él. Si. Claro que sí. Os quiero a todos, dijo nuevamente mientras recorría con pasos cortos el lateral del escenario, esta vez mirando hacia la pared situada a su derecha. Yo también he estado sentado donde ahora estáis vosotros. Preguntándome qué hacer con mi vida. Y en aquellos momentos recordaba lo que un día me dijo mi padre. Ralfy, construye. Dedica tu vida a construir algo. Las personas mueren, las descendencias desaparecen, pero tu legado, aquello que hayas sido capaz de construir, perdurará durante años y años. Mi padre, como podéis imaginar, no hablaba de propiedades, de dinero, de mujeres. Hablaba del futuro. Hablaba de todos vosotros. Hablaba de mí. No quiero malgastar mi vida siendo uno más. No quiero que se me conozca como aquel mocoso de la Calle 15  que luego creció y se convirtió en el gordinflón que cogía el autobús todos los días a las 7.15 en dirección hacia no se sabe qué fábrica para hacer no se sabe qué. ¿Te acuerdas del pequeño Ralfy? Si, claro ¿qué fue de él? Creo que murió. ¿Cuándo? ¿No estoy seguro? Vaya, toda una pena. Me hubiera gustado ir al velatorio si me hubiera enterado de que las había pichado. Bueno, imagino que alguien le acompañará en la morgue de la Calle 30. Algún malnacido con el que se emborrachaba los viernes en el bar de Manny. Pero nadie fue, porque nadie se acordó del pequeño Ralfy, porque el pequeño Ralfy no construyó nada por lo que ser recordado. No hijo, no pases por la vida como uno más. Procura que te respeten, incluso que te tengan miedo, pero sobre todo, lucha con todas tus fuerzas para que no te olviden. Y así fue...  No dejéis que os engañen. En la vida sólo hay dos tipos de personas, aquellos que mueren en el olvido y los que son recordados durante siglos. Unos y otros, no hay más... ellos y nosotros. Y aquí me tenéis, treinta y cinco años después, intentando transmitiros el legado más importante que pudo dejarme mi padre. Todos le escuchamos en el más absoluto de los silencios. Seguíamos embobados el movimiento diagonal de su mano. Era como si su dedo índice rasgase con desdén la espesura inerte del aire. Entonces os preguntaréis por qué me he dedicado a la abogacía y no, por ejemplo, a construir edificios. En cierto modo los abogados, con independencia de su posición, somos los constructores de las pequeñas cosas. Nadie nos encarga construir el rascacielos, pero es nuestra firma la que permite que se alce en el cielo como un árbol de fuertes y robustas raíces. No aparezco en Newsweek conduciendo el mejor Ferrari, pero yo permito que los trabajadores de la fábrica enciendan las máquinas para que alguien introduzca en un trozo de chapa ese motor que ruge como el mejor de los orgasmos. Nosotros somos como el aire. Qué coño, nosotros somos el aire. El discurso de Willbumrg siguió. No importa cómo, ni siquiera sus recuerdos de la infancia, sus comentarios sobre la esforzada imagen de su padre. Tampoco los orígenes del prestigioso bufete que le habían convertido en el tipo que ahora era. Aquella frase metafórica, pretenciosa, exagerada. Aquella frase me ha venido acompañado durante estos diez años. Incluso en este mismo instante. Ahora que soy un monstruo. Nosotros somos el aire... 

En cierto modo, Willbumrg quiso hacer ver que todo dependía de él. La palabra todo puede encerrar un significado bastante relativo. Todo a su alrededor, todo alrededor de quienes están a su lado, todo alrededor de quienes trabajan con él, todo alrededor de quienes tienen la más mínima relación con él, aunque ésta fuera indirecta o mínimamente remota. Pero el paso de los años a su lado me ha hecho ver que Willbumrg siempre ha ido más allá en su intento por construir el Todo. Podría decirse, siguiendo el ejemplo que puso en su conferencia, que por Todo entendía su edificio. Su rascacielos. El Legado que que marcaría un recuerdo acerado e imborrable. Para él, los límites verticales trazados por el vertiginoso cerco de treinta y seis plantas resultaba insuficiente. La bóveda del aire era para Willbumrg tan alta como ancha. Sin fronteras a lo lejos. Él creía que Todo debía de ser Todo. Sin excepciones para introducir minúsculas en el término. Todo. Absolutamente Todo. He de reconocer que hubo un momento en que asumí sin preguntas aquel concepto magnánimo. Fue un día. El día en que dejé de llamarle Sr. Willbumrg para dirigirme a él como Ralph. Y eso, vista la sangre muerta que ahora corre por mi boca, merece una explicación.  

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