lunes, 24 de septiembre de 2012

EL SILENCIO, LA DAGA Y LOS PRISIONEROS DEL MURO


Aunque ninguno de sus Generales tuviese más poder que él y nadie en el mundo creyese lo contrario, supo con certeza que, tras el día de su coronación, el final, su final, se encontraba muy próximo. Mientras aquella idea irremediable martilleaba su cabeza, no dejó de observar desde el centro del balcón. La multitud reunida en la plaza lloraba desconsolada. Bajo un cielo grueso y amurallado, miles de persona despedían a su padre. Él, sin embargo, permanecía en silencio. Su rostro era redondo y uniforme, sin espacio visible para las grietas del gesto. Sus ojos yacían entre dos hendiduras limpias y simétricas y la nariz, blanda y achatada, apenas permitía vislumbar la sombra de dos pequeños orificios. El silencio. Sus labios, estrechos y abultados, resguardaban el filo de un silencio penetrante. 

Su círculo más próximo dijo que era demasiado joven para heredar el trono de su padre. Pero no era la juventud lo que adelantaría su final. Mientras tanto, trató de ser la viva imagen de su padre recién fallecido. Por ello, desde algunos sectores se afirmó sin rubor que la insufrible crueldad que corría por sus venas sería suficiente para doblegar al ejército aarugado de acólitos que conspiraba sin tregua en los despachos ocultos del Palacio. Incluso, por un momento pensó que lo había conseguido. 

Poco después de las diez, abandonó el balcón del Palacio arropado por todos los Ministros del Consejo. Recorrió a pie el camino que conducía hacia el mausoleo, custodiando la parte trasera del coche que transportaba el féretro de su padre. Pese a la histeria sospechosa que atronaba la ciudad, él no derramó ni una sola lágrima. Todo su cuerpo era el especjo de la más tenebrosa quietud. Cuando el cortejo cruzó la puerta de entrada, el más sanguinario de los silencios exhibió su rostro. La nieve compacta crujía con cada paso aplomado de su lento y gigantesco cuerpo. Delante suyo, el coche fúnebre avanzaba sin prisa. Detrás, la fila mohosa de Ministros caminaba con un solo gesto. Uno de ellos, aquel que ocupaba el flanco izquierdo de la muralla movediza, se adelantó para colocarse a su misma altura. Él notó el reflejo diagonal de aquella mirada fulgente, pero no se inmutó. Muy al contrario, su minúscula mirada parecía calcinar el horizonte desfigurando sin piedad sus trazos y congelando la bruma pedregosa que pendía sobre él. 

Sin duda, había sido preparado para aquella ceremonia magnánima y calculada. Pero nadie, incluso el Ministro que le acompañana como una sombra espectante, pudo sospechar que l afrontase con tan espantosa frialdad. Mientras todos cruzaban con sigilo sus atónitas miradas, alguna fuerza poderosa vomitaba en él un germen adusto y gélido, tanto como el frío incontestable que penetraba en sus huesos. Sin embargo supo que, cuando aquella liturgia pantagruélica finalizase, ya no habría espacio en la tierra para él. 

A tan solo dos horas de la medianoche, regresó a las dependencias del Palacio. Todos sus Ministros le esperaban junto a su despacho. Las miradas se cruzaron en un desafío de silencios. Bajo aquel rito protocolario se escondía una cruda batalla de lealtades y sospechas. Él, en tan solo treinta pasos, tenía la obligación de imponer su rictus cementado frente al escuadrón impenetrable de viejos Generales. Era consciente de que su joven mirada debía de arrojar el mismo temblor sanguinario que retuvo a su difunto padre en el poder. Por ello, enfiló el camino hacia su despacho presidencial con un aire de insufrible soberbia. La opacidad tenebrosa que supo imprimir a su mirada, agigantó la seguridad de sus pasos. Los Generales allí presentes agacharon su cabeza deshaciendo cualquier apariencia de recelo. Cuando agotó los treinta pasos, despidió a la vieja cúpula con un salido marcial. Una vez en el interior de su despacho, y cuando estuvo seguro de que las puertas se habían cerrado, relajó los músculos doloridos de su rostro. Cerró los ojos, los frotó con los agarrotados dedos de su mano derecha, y exhaló una profunda y prolongada bocanada de aire. Se dirigió hacia la mesa del despacho. Sintió repugnancia. Una corriente fría y eléctrica de repugnancia. Sin embargo, avanzó hacia la mesa presidencial. Una mesa ancha, opaca, succionante en cada una de sus esquinas. Una vez frente a ella, acarició su sien con la mano derecha. No puedo evitar que su mirada resbalase por la mesa vacía. Cerró nuevamente los ojos. No quería que la visión limpia y certera del muro se precipitase por el inmenso suelo que silenciaba los pasos. Su pensamiento, por el contrario, golpeaba con violencia las paredes del despacho. Alzó la vista y observó a su derecha la martilleante letanía del reloj. En este mismo momento, los centinales habrían encendido los cañones de luz. Estos estarían apuntando directamente hacia el muro. Su pálida piel de ladrillo quedaría al descubirto, con sus cicatrices de metralla, con las costuras inmóviles del cemento. Y frente a él, ella. Y junto a ella, él. Y junto a los dos, todos. Y de repente pensó en ella, en su cuerpo delgado, en su piel congelada por el frío, en su torso hundido por el miedo, en la fina costra de agua donde mueren las lágrimas. Pensó en los segundos. Pensó en la noche. Pensó en su pensamiento. Pensó en la dramatización de sus movimientos dentro del pensamiento de ella. Y pensó en el miedo y las ficciones incoscientes que lo amaniatan hasta que el vientre convulso de la noche envaine sus colmillos.

No. No con él. No. No con sus pies en aquella alfombra de sangre. Abrió sus ojos y los apretó con fuerza. Encogió su labio superior, duro y tembloroso en su línea horizontal. Por él fluyó la saliva perdida del sí. Apareció para disolverse entre los surcos de su carne morada. Luego, tras unos segundos de convulsión, dijo adiós entre la sombra del sudor herbido. Dijo adiós porque, ahora, en el muro, tenía que decir no, ya basta. Por ello, tras recuperar el aliento perdido, tras enjugar el manantial de podredumbre que había contraído su rostro, se levantó de la silla, golpeó la mesa con la base de su puño derecho y se dirigió a la salida secreta del despacho presidencial, aquella que sólo conocía quien lo ocupaba, aquella que su padre le enseñó poco antes de morir. Apartó con esfuerzo tapiz centenario que cubría la  puerta, ayudado por el empuje rocoso de sus hombros. Luego giró con lentitud el pomo redondeado y abrió la puerta. Pero la oscuridad escondía un rostro que ahora le observaba, que penetraba en sus ojos como un cuchillo babeante, que lo hizo retroceder con decisión. Aquellas pupilas muertas que brillaban sin luz y ahora estrangulaban la sombra inmóvil del aire. 

¿Hacia dónde te diriges? - dijo el General K, moviendo sus ojos, interrogando a través de su trazo oscilante y curvado. 
A ningún sitio - dijo él. 

El General K aplaudió mientras sostenía su ancho sombrero verde con la axila izquierda. Lo hizo lentamente. Cada palmada era como el oscuro pensamiento de un martillo. 

Magnífico - repetía el General K, mientras elevaba con fuerza la fina base de sus ojos.

Él retrocedió. Miró a izquierda y derecha. Miró los huecos que recortaban la figura del General alrededor de la puerta. Éste cerró la puerta. 

¿Vas hacia el muro? - dijo el General. 
No.
¿No?.

El General rió. Una sola vez. De manera lenta, torciendo la cabeza hacia su derecha y retorciendo el cuello. 

¿Por qué entonces le preguntaste a Lon por ella?

Él guardaba silencio, apretando los puños y ocultándolos bajo las mangas grises del uniforme. El General K lanzó su sombrero contra el suelo y se acercó hacia él. A tan solo un metro de distancia, y sin dejar de observarle, introdujo la mano derecha en el interior de su chaqueta militar. De él extrajo una brillante daga. Extendió su mano izquierda en el aire abroando la palma con extrema lentitud. Él seguía con atención cada de sus movimientos, incluso aquel por el que la hoja resplandeciente de la daga apoyaba uno de sus costados en la gruesa palma del General. 

Te dije que ella no. Y no me has hecho caso. El muro hablará a medianoche. Hablará por ti. Hablará por tu padre. Y hablará por la nación.

El General miraba con fuego, escupiendo sus palabras con aquellos labios abruptos y cenagosos. 

Si no lo haces tú, lo haré yo. Mi deber es que no des ni un motivo para que lo hagan ellos.


Tembló su cabeza. Temblaron sus ojos reducidos, tembló su mano izquierda al elevarse. Temblaron sus labios cuando la misma mano cogió temerosa el mango de la daga. Y temblaron los muros de su despacho y del Palacio cuando, pasado un minuto de la medianoche, la agrietada pared del muro inhaló los efluvios rotos del plomo. 

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