martes, 14 de agosto de 2012

UNA FOTOGRAFIA

Nunca leo esa sección del periódico. Me resulta aburrida, banal, superflua en algunos casos. Pero, justo cuando me dispongo a pasar sus páginas, suena el teléfono de mi casa. Respondo la llamada. Tras cinco minutos de conversación cuelgo y teléfono y regreso a la lectura del periódico. Entonces, observo la fotografía. El espacio donde ha sido tomado es árido y gris. Se alza sobre el horizonte un cielo nublado, espeso, inmóvil. Algo así como una bóveda distante de la que emana una corriente sucia e irrespirable. Observo una explanada larga de tierra en la que conviven una imperceptible cortina de polvo y cientos de pequeños escombros dispersos alrededor. Al fondo, aparecen dos casas prefabricadas. Una de ellas tiene un enorme agujero en su fachada principal. Junto a ellas, hay aparcados tres camiones. Uno de ellos, el que aparece con mayo claridad en la fotografía, arrastra una cisterna en su parte trasera. En el centro de la fotografía figura un hombre de raza negra dirigiendo su mirada hacia el objetivo. Viste una camiseta negra de tirantes con dos franjas rojas en sus costados y una pesada falda multicolor formada por jirones de tela oscura que se agrupan en finas tiras verticales. Así mismo,  cuatro hileras de borlas cuelgan de un espacio rectangular dibujado con numerosas cuadrículas rojas sobre un fondo verde. El tipo es extraordinariamente musculoso. Una estrecha cuerda rodea la parte central de su brazo resaltando su pétrea rocosidad. Luce una gorra militar. Sobre su hombro izquierdo cae lo que parece ser un pañuelo cosido en el borde interior de la gorra. Sus ojos, estrechos y alargados, parecen las ascuas de una hoguera en mitad del hielo. Su dureza se agrava cuando observo las profundas cicatrices que cruzan cada uno de sus párpados. La plomiza luz exterior plaga su piel con múltiples reflejos, similares al destello que produce la plata más virgen. Con su mano derecha el hombre agarra una correa que rodea el cuello de una misteriosa hiena. El animal, sostenido por sus patas traseras, rodea la cintura del hombre en un gesto simultáneo de fiereza y sumisión. Su boca está cubierta por un bozal de esparto y sus ojos son dos manchas negras que se pierden en una distancia desconocida para quien observa la fotografía. El pie de la misma titula la escena como "La hiena y otros hombres". Fue tomada en Nigeria y refiere a los domadores de hienas y otros animales salvajes conocidos por sus espectáculos ambulantes y, en algunos casos, ceremonias de curandería. 

La fotografía llama poderosamente mi atención. El contraste acentuado de sus colores la convierten en una especie de muro cegador y transparente. Es como si la luz, sórdida y violentamente claudicante, resbalase lentamente hacia mí, fuera de la propia imagen. Mientras sujeto el periódico con las manos, siento en mis dedos el breve pero intenso rumor metálico que irradian el misterioso domador y su hiena doblegada.

Podría decir que la fotografía me ha hipnotizado. Al menos, durante un par de minutos. Y lo ha hecho de forma poderosa. Una extraña sensación. Posiblemente, cualquier otro que observe la imagen pensará que exagero. Soy consciente de que solo es una fotografía perdida en las páginas interiores de un periódico. No recoge ninguna escena dramática, violenta o explícitamente bucólica. Tan solo se trata de un domador y de una hiena abrazada  a su cintura. Pero a mi me ha impresionado y por muy poco me la pierdo. ¿Es posible que algo poco notorio o insignificante, sea capaz de generar un estado similar al de la conmoción emotiva?. No solo es posible sino que ese "algo" puede radicar, incluso, en las parcelas más infravaloradas de la vida cotidiana. Cuando mi gato sale todas las mañanas al jardín de mi casa, sus pupilas verdes se iluminan ante el mismo rincón que lleva oliendo desde hace más de dos años. Para él todo es conocido y nuevo al mismo tiempo. Su rostro afilado transmite una apasionada sensación de celeridad ante la sorpresa, de urgencia ante la novedad que se oculta bajo lo anodinamente aparente. No dejo de asombrarme ante su increíble capacidad para descubrir en el mismo espacio, un manantial inagotable de detalles infinitos. A partir de hoy me he propuesto imitarle y perseguir, como él hace con las hojas que se arrastran por el suelo, todas aquellas fotografías que, al igual que la del domador y su hiena, tengan la capacidad de penetrar en mi pecho y acelerar el aliento mecánico y monótono del corazón. Además, tengo una ventaja sobre mi gato: puedo buscar  más allá de los muros de mi jardín.  

2 comentarios:

  1. Googleando me he encontrado con tu blog,me ha gustado tus reflexiones me ha trasportado a mi niñez, pues siempre pensaba que podía haber detrás del espejo.
    Espero que no tardes mucho en volver a escribir, pues voy a ser una fiel lectora.

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  2. Me he encantado especialmente este relato... genial.

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